Ni siquiera sé si la quería o la quise. Recuerdo aquellas noches de verano en las que el calor me oxidaba el alma, cuando yo soñaba porque ella estaba allí. Única y exclusivamente porque ella estaba allí. Y me parecía un ángel. Sí, un ángel enviado del mismísimo cielo para cuidarme, para quererme, para taparme por las noches sin importar que fuese verano y que el calor me oxidase el alma. Y ni siquiera sé si la quería, la quiero o la quise. Sólo sé que la importancia de las formas verbales tendría que ser mínima, como la de tantas otras cosas que destrozan la memoria desde dentro, protagonizando una especie de golpe de Estado, y van desmantelando, poco a poco, nuestro pequeño gran mundo de mentira, o de mentiras; como la culpa.
No paraba de llover. Traté de mirar el reloj para saber cuánto tiempo hacía que las nubes, grises, habían engullido al Sol. Fui incapaz, porque no quise descubrir la hora y tener que recordarla para siempre. Pero lo peor de aquel día no era que lloviese en el sentido estricto de la palabra, sino que lloviera en mí. Se había marchado, no había vuelta atrás. Confieso que, mientras mi hermana apretaba mi mano con fuerza, cerré los ojos con la absurda e inocente esperanza de volver atrás en el tiempo. Aparecer, de repente, en cualquier reunión familiar del verano del 97. Ver a Brigitte, la gata persa de la abuela, pasearse por el porche del chalet como si se creyese motivo principal de una reunión de fotógrafos en el Paseo de la Fama de Hollywood; descubrir a Héctor y a Samuel pelearse por si el último gol había entrado o no en fuera de juego; escuchar a mi hermana Helena discutir sobre política con el tío Adam; quedarme atónita al descubrir a mamá pintarse las uñas de color rosa; enseñar a la prima María a saltar a la comba, logrando únicamente que se hiciera daño; intentar robar al abuelo mi fruta preferida de los melocotonares que tenía plantados justo al final del campo; cegarme con la luz que había por todas partes. Pero, sobre todo, recordé a papá, que nos decía que nos quería con una botella de alcohol en la mano. Mi madre solía maldecirle y pedirle que se marchara. Lo que ella no sabía era que terminaría haciéndole caso. Se iría, sí. No tardaría en marcharse. Y yo no entendería nada.
Cuando supe que mamá había muerto fui consciente de que nada podría hacerla callar. Ni a ella ni a mi padre. Cerré los ojos hasta quedarme totalmente a oscuras, tan fuerte que creí que los párpados se me iban a romper en mil pedazos y que, después, tendría que recomponerlo todo yo misma, como si se tratase de un rompecabezas. Respiré. Respiré con la sensación de que me faltaba el aire a cuestas. Una vez leí en un sobrecito de azúcar para el café que las lágrimas más amargas vertidas sobre una tumba son las palabras nunca dichas y las acciones jamás realizadas. Supongo que me empeñaba en mirar hacia atrás porque me sentía incapaz de pensar en lo que se me avecinaba.
Una vez hubo terminado el funeral, me quedé al lado de la lápida de mamá. Ana Sorolla González. 21.04.1961– 30.01.2006. Tenía 45 años. 45 años. Era la persona que mas me había hecho reír, indiscutiblemente. Y ya no estaba. Ya no iba a estar. Nunca más. Cuando recibí la llamada de mi tío, que me anunció que mi madre había tenido un accidente de coche y había muerto en el momento, sentí que me arrebataban un trozo de vida. Fue como si un grupo de ladrones entrase violentamente en mi corazón y se apoderase de toda la vida que ella podía haberme regalado, como si un estudiante se encargase de subrayar con un rotulador amarillo todos y cada uno de los momentos que pasé con ella. Para que doliese más. No me la podía sacar de la cabeza. Y por las noches, durante una larga temporada, me mentía a mí misma, me aseguraba en voz baja, muy baja, que mamá no estaba muerta. No, qué va, mamá ha ido a por tabaco al bar de Manuel y se está retrasando porque se ha puesto a hablar con la señora de la ONCE a la que siempre le compra los boletos de la lotería. Mamá ha ido a por tabaco y se está retrasando, se está retrasando demasiado y cuando vuelva le voy a tener que regañar, porque no está bien que me dé estos sustos. Y encima se ha dejado el móvil aquí, que se está cargando la batería, y no puedo llamarla para decirle que me estoy volviendo loca y que si no viene ya me dará absolutamente igual que nunca hayamos ganado la lotería a pesar de que cada viernes le compramos un boleto a la señora con la que ya lleva cerca de dos meses hablando desde que se fue a comprar tabaco al bar de Manuel.
Durante mucho tiempo, seguí esperando que mi madre apareciera en casa y se quejase de que todo estaba hecho un desastre. No fui capaz de borrar su número de teléfono de la agenda ni de creer en ese Cielo donde todos me decían que ella estaría mejor. Y tuve, o tengo, la horrible sensación de no haberle podido mostrar cuánto la quería. Y pienso en todas las cosas que debí decirle o hacer con ella y no hice. Pero ya no importa. Ya no importa nada, porque mamá sólo será un recuerdo más al que acuda la próxima Navidad que sienta que me estoy muriendo por dentro.
No se me ocurrió pensar en mi padre. Cuando mi tío Adam me llamó para decirme que mi madre había muerto, ni siquiera me acordé de él. Porque papá se marchó de casa cuando yo tenía 10 años. Yo siempre me pregunté por qué se fue. ¿Por qué lo dejó todo? ¿O es que no lo éramos todo para él? ¿Por qué no luchaste, eh, papá? ¿Era tan difícil decir que no te ibas a rendir? ¿Por qué fuiste tan cabrón? ¿Acaso no había otra forma de hacer las cosas? Porque si no se te daba bien hacer de paraguas podrías haberlo dicho y Helena y yo te habríamos enseñado. O lo habríamos intentado. Y lo peor de todo es que nunca me atreveré a preguntarle porqué se marchó y él jamás lo confesará, porque para ambos sería como admitir una derrota. Y no somos más que gobiernos capitalistas que quieren reivindicar su hegemonía. Crecí sin él. Fue mamá la que se encargó de curar las heridas del desamor adolescente, la que me dio ánimos cuando pronuncié un no puedo, la que creyó en mí incluso más que en sí misma. Fue mamá el motor de la vida en el 2ºB de la casa número 45 de la calle Carlos III. Y papá era innombrable. Mencionarle significaba un par de bofetadas no sólo para mamá, sino también para la persona que lo mencionase y la que tuviera la suerte de escuchar. Porque lo único que quedaba en esa casa de papá era su ausencia. Y a todas nos hacía un poco miserables. Guardábamos su nombre escondido en una caja cerrada con llave, lanzamos la llave al mar. Yo a menudo pensaba que esconder un cadáver habría sido menos tortuoso, mucho más fácil. Porque de vez en cuando te inundaban unas ganas tremendas de jugar a fútbol con él, por mucho que tú fueses más de baloncesto; de vez en cuando soñabas que te llamaba “princesa” y sólo una hija sabe lo que significa para ella que el rey la llame princesa; de vez en cuando deseabas que estuviera allí, aquí o tres metros más hacia el sur, sólo para poder verle y reírte de él porque se ha cortado afeitándose la barba y si ya lleva cerca de 30 años afeitándose, podría ir aprendiendo a hacerlo en condiciones; de vez en cuando te daba por pensar que habrías matado por recordar el sabor de sus tortillas de patatas; de vez en cuando se te encogía el corazón tras centrifugarlo con lágrimas, lágrimas y más lágrimas. De vez en cuando. Quizá no tan de vez en cuando, sino más con frecuencia. Pero volvió. Volvió porque la caja donde escondimos su nombre debía de estar rota, tener algún rasguño por el que se escapó su esencia. Y porque el ser humano necesita ser perdonado para poder vivir en paz consigo mismo, o para cualquier otra cosa, pero necesita ser perdonado.
Ahora mamá sonríe. Está junto a papá. Lo mejor de las fotografías es que nunca cambian, por muchas metamorfosis que sufra la gente que aparece en ellas. Mirando aquella foto recordé el funeral, recordé las palabras de mi padre. “Perdóname, hija”, dijo. No me llamó princesa. Supongo que no tenía derecho a llamarme así, pero tampoco tenía derecho a llamarme hija, y lo hizo. Y no tenía derecho a pedirme perdón, y lo hizo. Me pregunté por qué unas veces pedir perdón tiene tan poco valor y otras veces significa tanto, quizá demasiado. Nadie me entendería. Si le dijese a alguien lo que tenía pensado hacer, nadie me entendería, tampoco compartiría mi plan ni lo apoyaría. Pero estamos solos. Estamos miserable y tristemente solos en este mundo. Nos enamoramos, nos peleamos, adiós, mamá, me voy de casa, adiós, la distancia se me está clavando en los pulmones, adiós, descanse en paz, por siempre jamás, adiós, prefiero no volver a verte más, adiós, simplemente no se me ocurrió descolgar el teléfono, adiós, adiós, adiós. La vida no es más que una estación de tren donde priman las despedidas sobre los reencuentros. Y todas esas tonterías de que existimos mientras alguien nos recuerda no son más que una triste excusa para que podamos aferrarnos al mundo, a este puto mundo que nos encadena tejiendo sentimientos, emociones y mentiras. Porque nos mentimos a nosotros mismos más que a cualquier otra persona. Por eso nadie me entendería si dijese lo que tenía pensado hacer, ni siquiera yo.
Aunque, por suerte, yo no estaba tan sola. Al final del túnel que atravesaba, brillaba una luz. Una luz que se llamaba David, medía 1’92 y me sonreía a todas horas. Y a mí me gustaba lo que hacía. Sí, es eso, justo eso. Me gustaba el color de sus calles, la constelación de sus lunares, la vida reflejada en sus ventanas. Me gustaban incluso los desbordamientos de sus ojos. Me volvía loca con el sabor a oxígeno de sus manos o la velocidad de sus pestañas. Me fascinaba su forma de buscar la música, la electricidad que desprendía, el sonido de su respiración. Pero yo siempre andaba de puntillas porque no me buscaba. Sólo quería despertarme para imaginarle, perdido entre risas, en algún rincón de mi cama. O nuestra cama. Y siempre quise usar sus rizos como tobogán, pero era y soy nada más que una cobarde que se esconde entre metáforas.
David entró en mi habitación sin llamar y me descubrió abrazada a aquel retrato de mis padres:
- ¿Otra vez estás así? -se sentó sobre mi cama.
- ¿Qué hago? Me ha pedido que le perdone. Mi hermana todavía no puede creérselo. Se ha vuelto loca. Dice que Dios ha tenido que enviarnos a papá de nuevo para pagarnos de alguna manera por la muerte de mamá, o algo así. Ha insistido en que perdonar nos hace libres, al perdonar nos perdonamos un poco a nosotros mismos, perdonar es el valor de los valientes... En fin, ya sabes, siempre la misma mierda. Y yo me voy a volver loca, David. Y sé que si no le perdono no me voy a sentir bien.
- No perdonamos para sentirnos bien.
- Entonces, ¿por qué perdonamos?
- Perdonamos porque somos personas. O idiotas, que es prácticamente lo mismo. Perdonamos porque necesitamos sentir que tenemos algún tipo de manejo sobre nuestras vidas, sentir que no todo es casualidad o destino. Perdonamos porque nos dan buenos motivos para que lo hagamos, porque somos débiles, porque no nos queda otra. Perdonamos porque creemos que es la única forma de seguir adelante teniendo una excusa para mirar atrás. Perdonamos porque es la mejor forma de demostrarnos que podemos cambiar las cosas, o que así queremos creerlo.
- Eso significa que no hay perdón realmente cierto, ¿no?
- Y que le vas a perdonar.
- Y que voy a intentar perdonarle.
miércoles, 29 de julio de 2009
viernes, 3 de abril de 2009
Voldran posar-li nom
Te conocí en una de esas zonas a las que van los niños que se pierden en los centros comerciales. Fue en invierno, en uno de esos inviernos en los cuales necesitas el frío para saber que sigues viva, que puedes sentir. Yo había perdido de vista a mis padres porque me empeñé en salir corriendo detrás de uno de esos globos con eslóganes publicitarios que se regalaban entonces y que ahora ya no da nadie porque todos vemos la televisión y, además, estamos en crisis. Tú te despistaste porque quisiste seguir a una de esas chicas que van por las grandes superficies en patines. Me dijiste que solías ver campeonatos de patinaje sobre hielo con tu abuela, que de joven fue patinadora, y que te fascinó que aquella chica pudiera deslizarse sobre el mármol del centro comercial. Aún así, debo reconocer que yo siempre he pensado que quizá sólo intentabas ver lo que había debajo de su falda. Allí, puede que no aprendiese la definición de la palabra amor, pero siempre recordaré tus ojos, vestidos de miedo. Creo que, para ambos, los escasos 15 minutos que pasamos en el lugar de los niños perdidos fueron mucho mejores que toda una vida de Peter junto a Wendy.
Y desde entonces no he dejado de escribirte poemas y de mentirme diciéndome que los leerás. Mesa para dos en un cohete ruso, y me siento sola.
¿Sabes a qué me dedico? Ya no robo caramelos, ahora escribo guiones. Cuando sientes que tu vida es una puta mierda, lo mejor que puedes hacer es inventar otras. Y así fue como empecé con esto. Pero tengo un pequeño defecto de fábrica, y es que nunca termino nada de lo que empiezo, así que imagínate. Si escribiese una serie, tendrían que dejar de emitirla alegando falta de audiencia, porque yo jamás sabría cómo terminarla. Sólo he terminado un guión, pertenece a una de esas películas dramáticas en la que el que no acaba mal está muerto. La llamé Abril, no sé porqué. Y la escribí para todos aquellos que, como yo, siempre defendieron que si pintas el techo de una habitación de color azul, puede llegar a ser como el cielo. Trata mayormente de esperar, de que nos pasamos toda la vida esperando. Cuando somos niños no esperamos (porque somos felices), después esperamos a cumplir los 18 años, más tarde a terminar la carrera, luego a formar una familia y, por último, que la familia que formamos no nos abandone en un asilo. Realmente, es todo un punto a mi favor que en español no existan distinciones entre "hope" y "wait", o como en "espérer" y "attendre". Ahora voy de puerta en puerta, preguntando por alguien que esté interesado. Pero, no, nada.
Sé que tengo que pedir perdón más veces de la cuenta. Tengo un montón de fotos de tu sonrisa, y te lo digo porque una vez me confesaste que no sonreirías si no tuvieras la certeza de que existe alguien que quiere verte sonreír. Recuerdo que tocabas el piano mientras yo buscaba en el diccionario las palabras que leía en tus ojos. "Yo no corro para coger un autobús que no me lleve a ti", me dijiste en nuestra parada. Siempre recordaré esa frase. De hecho, pensé en incluirla en Abril, pero me convencí -tras discutir largo y tendido- de que ese momento era, o es, demasiado nuestro como para compartirlo con nadie más.
Yo me declaro incapaz de escoger una canción preferida mientras tú sigues buscando en el buzón los besos de alguien que nunca existió.
Y desde entonces no he dejado de escribirte poemas y de mentirme diciéndome que los leerás. Mesa para dos en un cohete ruso, y me siento sola.
¿Sabes a qué me dedico? Ya no robo caramelos, ahora escribo guiones. Cuando sientes que tu vida es una puta mierda, lo mejor que puedes hacer es inventar otras. Y así fue como empecé con esto. Pero tengo un pequeño defecto de fábrica, y es que nunca termino nada de lo que empiezo, así que imagínate. Si escribiese una serie, tendrían que dejar de emitirla alegando falta de audiencia, porque yo jamás sabría cómo terminarla. Sólo he terminado un guión, pertenece a una de esas películas dramáticas en la que el que no acaba mal está muerto. La llamé Abril, no sé porqué. Y la escribí para todos aquellos que, como yo, siempre defendieron que si pintas el techo de una habitación de color azul, puede llegar a ser como el cielo. Trata mayormente de esperar, de que nos pasamos toda la vida esperando. Cuando somos niños no esperamos (porque somos felices), después esperamos a cumplir los 18 años, más tarde a terminar la carrera, luego a formar una familia y, por último, que la familia que formamos no nos abandone en un asilo. Realmente, es todo un punto a mi favor que en español no existan distinciones entre "hope" y "wait", o como en "espérer" y "attendre". Ahora voy de puerta en puerta, preguntando por alguien que esté interesado. Pero, no, nada.
Sé que tengo que pedir perdón más veces de la cuenta. Tengo un montón de fotos de tu sonrisa, y te lo digo porque una vez me confesaste que no sonreirías si no tuvieras la certeza de que existe alguien que quiere verte sonreír. Recuerdo que tocabas el piano mientras yo buscaba en el diccionario las palabras que leía en tus ojos. "Yo no corro para coger un autobús que no me lleve a ti", me dijiste en nuestra parada. Siempre recordaré esa frase. De hecho, pensé en incluirla en Abril, pero me convencí -tras discutir largo y tendido- de que ese momento era, o es, demasiado nuestro como para compartirlo con nadie más.
Yo me declaro incapaz de escoger una canción preferida mientras tú sigues buscando en el buzón los besos de alguien que nunca existió.
domingo, 29 de marzo de 2009
One look in your eyes means more to me than forty four sunsets
Te echo de menos
trescientos sesenta y cinco suspiros
al año,
veinticuatro rayos de sol
más que
a cualquier otro personaje
de esta historia.
Eres
el antihéroe
de uno de esos cómics
que compré en Wonderland
cuando fui
a tomar té
con Alicia.
Eres
el bocadillo
que dice
esa frase
que resuena en mi cabeza,
la onomatopeya
que representa
el sonido
de un alma al caer.
Eres
el sexto billete dorado
tras
nueve millones quinientas ochenta y tres mil ciento veinticinco
tabletas de chocolate abiertas.
Eres
el pasaporte
de mis alas,
abiertas,
y brillas.
Y quiero
volver a esconderme
entre tus piernas,
tus manos, tus rizos,
huyendo
del despertador
que me obligue a desprenderme de ti.
Quiero
volver a emborracharme
contigo,
pescar besos en tus labios,
provocarte incendios,
llorar estrellas fugaces
para ti,
contigo,
todo contigo.
Quiero
enredarme en tus ideas,
formar parte de tus planes
ver mi nombre
escrito
en tu calendario,
que se te olviden los puntos de las íes.
Quiero
una nube
pequeña, pequeña, pequeña,
mucho más que un botón,
naranja,
a juego conmigo,
y que llueva,
hacer
que llueva
todo lo demás,
todo lo que no sea
contigo.
Y me pasé
tantas horas
hablando
con una sonrisa sin dueño,
o un dueño sin sonrisa,
en almas olvidadas,
que todo lo que pueda decir carece de sentido.
Fuiste.-
Pretérito Perfecto Simple.
trescientos sesenta y cinco suspiros
al año,
veinticuatro rayos de sol
más que
a cualquier otro personaje
de esta historia.
Eres
el antihéroe
de uno de esos cómics
que compré en Wonderland
cuando fui
a tomar té
con Alicia.
Eres
el bocadillo
que dice
esa frase
que resuena en mi cabeza,
la onomatopeya
que representa
el sonido
de un alma al caer.
Eres
el sexto billete dorado
tras
nueve millones quinientas ochenta y tres mil ciento veinticinco
tabletas de chocolate abiertas.
Eres
el pasaporte
de mis alas,
abiertas,
y brillas.
Y quiero
volver a esconderme
entre tus piernas,
tus manos, tus rizos,
huyendo
del despertador
que me obligue a desprenderme de ti.
Quiero
volver a emborracharme
contigo,
pescar besos en tus labios,
provocarte incendios,
llorar estrellas fugaces
para ti,
contigo,
todo contigo.
Quiero
enredarme en tus ideas,
formar parte de tus planes
ver mi nombre
escrito
en tu calendario,
que se te olviden los puntos de las íes.
Quiero
una nube
pequeña, pequeña, pequeña,
mucho más que un botón,
naranja,
a juego conmigo,
y que llueva,
hacer
que llueva
todo lo demás,
todo lo que no sea
contigo.
Y me pasé
tantas horas
hablando
con una sonrisa sin dueño,
o un dueño sin sonrisa,
en almas olvidadas,
que todo lo que pueda decir carece de sentido.
Fuiste.-
Pretérito Perfecto Simple.
domingo, 8 de marzo de 2009
Insomne
Después de todo, creo que soy demasiado frágil como para declararme en pleno derecho a escoger una canción favorita.
Pensé, joder, pensé en dormir. Pensé en dormir durante años, esperar a que viniera el príncipe que me salvara de toda esa mierda. Tomé somníferos y me diagnosticaron insomnio. En mis noches en vela, me dediqué a describir con todo lujo de detalles (lo cual significa una media de 4 ó 5 adjetivos por cada oración) los besos que nunca te di y que nunca soñé con darte porque no pude dormir debido a que los medicamentos que tomé para poder dormir y soñarte me provocaron insomnio. En mis noches en vela veía tu sonrisa: en el techo, en mis manos, formando constelaciones, tatuada en mis suspiros, en mis ganas de tener una sonrisa propia, entera, toda, llena, para mí. Una sonrisa que me despertase los domingos con mucha, mucha, muchísima luz, que oliese a pan recién hecho y al té de limón de la abuela, una sonrisa que sonriese sin querer y que no pidiese perdón por hacerlo. En mis noches en vela, curioseé los álbumes de fotos y me imaginé las instantáneas en las que jamás aparecerías. En una de ellas que recuerdo con especial ahínco, aparecías manchándome la nariz con nata montada. Y mi expresión no era de enfado, sino que pedía a gritos más nata. Había, también, una fotografía en la que estábamos disfrazados de osos de peluche. Me pasé un buen rato riéndome cuando la encontré. Pero mi preferida era una en la que yo estaba tumbada en la arena de una playa que no pude reconocer, y tú, sonriente, me mirabas. Simplemente me mirabas. Me mirabas sin más y ese era el motivo de tu alegría, de tu felicidad, de tu plenitud. Me pareció lo más bonito que había podido ver (o imaginar) en toda mi vida. En mis noches en vela, estudié la forma de tus labios. Busqué información en todas las enciclopedias, pregunté a los catedráticos de las universidades donde fingen que se estudia el Amor (tú y yo ya sabemos que el amor se aprende en la cama), incluso vi las 24 películas (algunas, en versión original) que trataban el tema. Recapitulé tanta información que pensé en escribir un libro. Uno de poemas, claro, porque la forma de tus labios es poesía pura. Ya sabes, de ese tipo de poesía que no se preocupa por nada, de ésa que nace y se mantiene viva por el simple hecho de expresarse a sí misma ante los demás. Poesía pura. En mis noches en vela, me dediqué a hacer zapping en lo que se convertiría en otro intento absurdo de reordenar mi patética existencia. Busqué los canales que nadie ve sin cuatro o cinco copas de más para preguntar a las videntes dónde estabas. Algunas de ellas me dijeron que te hiciera un mapa, que veían en las cartas que yo sabía dibujar bastante bien. "Bueno", murmuré al teléfono. Sin embargo, otra adivina me aconsejó que dejase el tabaco porque veía que iba a morir de cáncer de pulmón. "Yo no fumo", intenté decir. Fue en vano. Por último, una de las brujas me dijo que no tenía ni la más remota idea de tu ubicación, pero insistió en que debía encontrarte. "Es una historia de amor, tú, y no puede ser que se quede a medias. Tienes que encontrarle. Tienes que encontrarle antes de que alguien le encuentre y se casen y tengan hijos y todo eso que viene después. Tienes que encontrarle porque yo aquí en mis cartas no veo quién es, qué hace o qué quiere, pero sí veo que es para ti, ¿sabes? Es algo muy raro, tú, casi nunca pasa que el destino te una a alguien con tanta fuerza. Encuéntrale, tienes que encontrarle", me soltó. Creo que nunca volveré a llamar a esos programas, son un puto timo: Tú no existes. "Invéntale", me dije. Y así lo hice. Garabateé un saco de huesos con el pelo rizado, incoloro, de ojos grandes y llamativos, también sin color. Y una sonrisa. Una sonrisa propia, entera, toda, llena, para mí. Una sonrisa que me despertaba los domingos con mucha, mucha, muchísima luz, que olía a pan recién hecho y al té de limón de la abuela, una sonrisa que sonreía sin querer y que jamás pidió perdón por hacerlo. Y te besé, besé tu pelo humedecido por mis lágrimas, besé tus párpados suaves, besé tus labios con sabor a Amor del que se aprende en la cama; te besé. Te besé hasta que me quedé dormida.
Pensé, joder, pensé en dormir. Pensé en dormir durante años, esperar a que viniera el príncipe que me salvara de toda esa mierda. Tomé somníferos y me diagnosticaron insomnio. En mis noches en vela, me dediqué a describir con todo lujo de detalles (lo cual significa una media de 4 ó 5 adjetivos por cada oración) los besos que nunca te di y que nunca soñé con darte porque no pude dormir debido a que los medicamentos que tomé para poder dormir y soñarte me provocaron insomnio. En mis noches en vela veía tu sonrisa: en el techo, en mis manos, formando constelaciones, tatuada en mis suspiros, en mis ganas de tener una sonrisa propia, entera, toda, llena, para mí. Una sonrisa que me despertase los domingos con mucha, mucha, muchísima luz, que oliese a pan recién hecho y al té de limón de la abuela, una sonrisa que sonriese sin querer y que no pidiese perdón por hacerlo. En mis noches en vela, curioseé los álbumes de fotos y me imaginé las instantáneas en las que jamás aparecerías. En una de ellas que recuerdo con especial ahínco, aparecías manchándome la nariz con nata montada. Y mi expresión no era de enfado, sino que pedía a gritos más nata. Había, también, una fotografía en la que estábamos disfrazados de osos de peluche. Me pasé un buen rato riéndome cuando la encontré. Pero mi preferida era una en la que yo estaba tumbada en la arena de una playa que no pude reconocer, y tú, sonriente, me mirabas. Simplemente me mirabas. Me mirabas sin más y ese era el motivo de tu alegría, de tu felicidad, de tu plenitud. Me pareció lo más bonito que había podido ver (o imaginar) en toda mi vida. En mis noches en vela, estudié la forma de tus labios. Busqué información en todas las enciclopedias, pregunté a los catedráticos de las universidades donde fingen que se estudia el Amor (tú y yo ya sabemos que el amor se aprende en la cama), incluso vi las 24 películas (algunas, en versión original) que trataban el tema. Recapitulé tanta información que pensé en escribir un libro. Uno de poemas, claro, porque la forma de tus labios es poesía pura. Ya sabes, de ese tipo de poesía que no se preocupa por nada, de ésa que nace y se mantiene viva por el simple hecho de expresarse a sí misma ante los demás. Poesía pura. En mis noches en vela, me dediqué a hacer zapping en lo que se convertiría en otro intento absurdo de reordenar mi patética existencia. Busqué los canales que nadie ve sin cuatro o cinco copas de más para preguntar a las videntes dónde estabas. Algunas de ellas me dijeron que te hiciera un mapa, que veían en las cartas que yo sabía dibujar bastante bien. "Bueno", murmuré al teléfono. Sin embargo, otra adivina me aconsejó que dejase el tabaco porque veía que iba a morir de cáncer de pulmón. "Yo no fumo", intenté decir. Fue en vano. Por último, una de las brujas me dijo que no tenía ni la más remota idea de tu ubicación, pero insistió en que debía encontrarte. "Es una historia de amor, tú, y no puede ser que se quede a medias. Tienes que encontrarle. Tienes que encontrarle antes de que alguien le encuentre y se casen y tengan hijos y todo eso que viene después. Tienes que encontrarle porque yo aquí en mis cartas no veo quién es, qué hace o qué quiere, pero sí veo que es para ti, ¿sabes? Es algo muy raro, tú, casi nunca pasa que el destino te una a alguien con tanta fuerza. Encuéntrale, tienes que encontrarle", me soltó. Creo que nunca volveré a llamar a esos programas, son un puto timo: Tú no existes. "Invéntale", me dije. Y así lo hice. Garabateé un saco de huesos con el pelo rizado, incoloro, de ojos grandes y llamativos, también sin color. Y una sonrisa. Una sonrisa propia, entera, toda, llena, para mí. Una sonrisa que me despertaba los domingos con mucha, mucha, muchísima luz, que olía a pan recién hecho y al té de limón de la abuela, una sonrisa que sonreía sin querer y que jamás pidió perdón por hacerlo. Y te besé, besé tu pelo humedecido por mis lágrimas, besé tus párpados suaves, besé tus labios con sabor a Amor del que se aprende en la cama; te besé. Te besé hasta que me quedé dormida.
martes, 6 de enero de 2009
Not an ordinary love story
Las historias de amor no ordinarias son aquellas en las que el amor sí es suficiente.
Despertó y yo creí que jamás encontraría la canción titulada con mi nombre que todo ser humano debe tener (menos mal que le compré una guitarra por su cumpleaños). Y también supe que Curtis no murió, qué va, sólo se lo llevaron los extraterrestres. Y me di cuenta de que los pájaros a volar lo llaman rutina. Pues vaya mierda. Despertó sorprendida por el sonido de la lluvia. Se quedó pasmada observando cómo las gotas hacían el amor con el cristal. En aquel instante se percató de que Michael estaba despierto. Una sonrisa brillaba resplandeciente en sus ojos, después, en sus labios. Era todo un ritual.
- Te prometo un chocolate caliente. –dijo él.
- ¿Qué?
- Te prometo un chocolate caliente en un bosque con hadas.
- Y un cocodrilo naranja.
- Y un cocodrilo naranja.
- ¿Y qué te prometo yo a ti?
- Lo que quieras.
- ¿Cualquier cosa?
- Sí.
- Roma.
- ¡¿Roma?! –rió.
- La conquistaré.
A veces nos hundimos en un vaso. ¿Qué digo? El 99% de las veces que nos ahogamos, es en un vaso. ¿De agua? Y una mierda. En un vaso de lágrimas. Propias, ajenas, yo qué sé. Nos ahogamos y punto. Y queremos nadar. Lo intentamos una y otra vez, luchando por salir a flote. Nada de nada. ¿Ahora qué? Pues ahora me he olvidado el paraguas en el tren. Y menudo asco porque hoy llueve. Mucho. Parece que se vaya a terminar el mundo. Hoy es uno de esos días para escuchar "Rainy Monday" aunque sea miércoles, y criticar a los políticos con el camarero de la cafetería de la calle Feria que se ríe dejando ver que le faltan dos dientes porque cuando era pequeño se cayó de la bici (que se lo pregunté yo). Y querer besar en los labios a Peter Pan, sobre todo. ¿Ahora qué? Ahora me compro otro paraguas.
Despertó y yo creí que jamás encontraría la canción titulada con mi nombre que todo ser humano debe tener (menos mal que le compré una guitarra por su cumpleaños). Y también supe que Curtis no murió, qué va, sólo se lo llevaron los extraterrestres. Y me di cuenta de que los pájaros a volar lo llaman rutina. Pues vaya mierda. Despertó sorprendida por el sonido de la lluvia. Se quedó pasmada observando cómo las gotas hacían el amor con el cristal. En aquel instante se percató de que Michael estaba despierto. Una sonrisa brillaba resplandeciente en sus ojos, después, en sus labios. Era todo un ritual.
- Te prometo un chocolate caliente. –dijo él.
- ¿Qué?
- Te prometo un chocolate caliente en un bosque con hadas.
- Y un cocodrilo naranja.
- Y un cocodrilo naranja.
- ¿Y qué te prometo yo a ti?
- Lo que quieras.
- ¿Cualquier cosa?
- Sí.
- Roma.
- ¡¿Roma?! –rió.
- La conquistaré.
A veces nos hundimos en un vaso. ¿Qué digo? El 99% de las veces que nos ahogamos, es en un vaso. ¿De agua? Y una mierda. En un vaso de lágrimas. Propias, ajenas, yo qué sé. Nos ahogamos y punto. Y queremos nadar. Lo intentamos una y otra vez, luchando por salir a flote. Nada de nada. ¿Ahora qué? Pues ahora me he olvidado el paraguas en el tren. Y menudo asco porque hoy llueve. Mucho. Parece que se vaya a terminar el mundo. Hoy es uno de esos días para escuchar "Rainy Monday" aunque sea miércoles, y criticar a los políticos con el camarero de la cafetería de la calle Feria que se ríe dejando ver que le faltan dos dientes porque cuando era pequeño se cayó de la bici (que se lo pregunté yo). Y querer besar en los labios a Peter Pan, sobre todo. ¿Ahora qué? Ahora me compro otro paraguas.
Le froid; l'un sans l'autre, incendie
lunes, 5 de enero de 2009
domingo, 4 de enero de 2009
Inolvidable tú
En la redondez de nuestro mundo nunca hubo teléfono, carteros, carreteras, medios de transporte ni forma de comunicación que no fuera la palabra. Recuerdo que crucé cientos de mares, quizá océanos, intentando llegar a ti. Recuerdo que me ahogué tantas veces que dejé de llevar la cuenta porque me enfadé conmigo misma. Cada vez que me decidía y salía volando, valiente, a por ti, me dejaba la vida olvidada en el alféizar de la ventana. Al principio no sabía qué puñetas fallaba, porque te juro que yo iba encajando todas las piezas del puzzle. Después de unas 527 canciones de amor, me di cuenta de que era, precisamente, el hecho de viviésemos rodeados de metáforas lo que hacía que, a pesar de habitar ambos en la redondez de nuestro mundo, tú siempre estuvieses a un par de años luz de mí. Sé que hubo un momento, un pequeño instante, en el que dejé atrás los mares ordinarios y pude nadar, a mis anchas, en tus ojos. Para que te hagas una idea, aquello fue como ser protagonista de una de esas fotografías en las que todo está en blanco y negro excepto un color. Lo malo es que no sé exactamente dónde estaba lo colorido de la imagen. Desde entonces, no nado, sino vuelo. ¿Alto, bajo? Qué sé yo, y qué más da. Vuelo. Vuelo sin dejarme ninguna porción de vida en el alféizar de la ventana. Y vuelta al principio. Así, sin más. Ése es nuestro final, volver a empezar.
Te pido perdón por no haberme dejado conocer y por pensar que ahora es demasiado tarde. Y recuerda siempre que, si alguien destruyó a Napoleón, fue él mismo.
Te pido perdón por no haberme dejado conocer y por pensar que ahora es demasiado tarde. Y recuerda siempre que, si alguien destruyó a Napoleón, fue él mismo.
lunes, 29 de diciembre de 2008
You don't believe me
Quiero ser una gota de lluvia y estrellarme contra tus mejillas. ¡Boom! Hará todo. Habrá una explosión, sí, porque el choque provocará un incendio y el fuego de éste querrá besar la gasolina especial de mi nave espacial. Ya te lo he dicho, ¡boom! Hará todo. Y la gente te preguntará por qué lloras. "Idiotas", pensaré yo. Sonreiremos en plan cómplice, ya sabes, una de esas sonrisas que reproducen tan bien los enamorados. Ya lo creo. Es más, podremos pasarnos meses y meses sonriendo. La gente seguirá preguntándote por qué lloras, porque no serán capaces de ver que hay personas que sonríen con los ojos. Yo seguiré el camino ordinario de cualquier gota de lluvia, te recorreré de Norte a Sur a medida que aumente el volumen de tus carcajadas insonoras. Y, al fin, amanecerá el día en que llegue a las puntas de tus pies, que será para mí algo así como un precipicio. A partir de entonces, tú jamás saldrás a la calle sin paraguas.
miércoles, 24 de diciembre de 2008
I think it cured my pain, again
Querido Anonymous,
El problema está en que no necesito tu perdón para seguir adelante. Porque, sí, creo que debería pedirte perdón, pero sólo pedimos perdón cuando necesitamos ser perdonados. Y a mí, esta vez, me trae sin cuidado. Me he quedado aquí, justo aquí. Intento acelerar, pero la historia se queda en un intento más. Me he pasado años, siempre demasiado tiempo, buscando las putas llaves del coche. Y, ¡boom! cuando las encuentro, me doy cuenta de que el motor está jodido. Voy al mecánico, que me mira así como con cara de “¿me la follo o no me la follo?”. No hubo nada, por si te lo estás preguntando. En el momento en que logro arrancar, el coche empieza a bramar, dice que quiere gasolina. Vuelta a empezar. Hay historias que no terminan nunca, ¿sabes? Porque nunca recordamos olvidarnos de lo que queremos recordar. O cualquier otra mierda. El amor mata, y la vida termina asesinándonos demasiadas veces. Lo curioso es que ni siquiera llegamos a resucitar y ya estamos enviando de nuevo las invitaciones para nuestro funeral. No sé, Anonymous, ¿no hay coches que funcionen con energía solar? Porque a ésos no habría que echarles gasolina y, además, no contaminarían. Hala, ya sé con qué fomentar mi consumismo. Radiografías las manos de un pianista y eres capaz de no sorprenderte. Parece absurdo, es como el expediente x de todos esos nombres que sirven para describir la lluvia apenas perceptible. Tú eres la llovizna, débil, menudo, tenue; y yo soy un diccionario, empeñada en intentar encontrar las palabras para tenerte, quizá necesitarte. Terminan brotando de mis ojos los mares a los cuales irás a pescar. Cogerás tu bote blanco, remarás, remarás e incluso te atreverás a enviarme postales desde él. “Aquí no para de llover”, me dirás. Y yo pensaré, “normal, hijo de puta, ¿acaso esperas que, después de que me hayas abandonado, me ponga a dar saltos de alegría? Tendré que llorar, ¿no?”. Pero no diré nada, quizá responderé con cartas repletas de mentiras, porque mentirme es mi puta droga preferida. “Bueno, no te creas, que dice el del tiempo que ya mismo se va a estar yendo la ola de frío polar”. Lo malo es que, después, las mentiras se quedan en mi cabeza, en plan huésped de hotel, y cuando hacen la reserva no me dicen por cuánto tiempo piensan quedarse. Cómo las odio, joder. ¿Y por qué “odiar” y “necesitar”, con el tiempo, terminan convirtiéndose en un matrimonio cascarrabias? Es igual, no quiero saberlo. Sigo coleccionando motivos para fingir sorpresa al verte tenderme los brazos, pero ya he llegado al punto al cual temía llegar: Tus fronteras empequeñecen. Estoy tirada en la cuneta de una carretera cualquiera con un coche que no quiere arrancar y sólo sé hacerme pequeña al mismo tiempo que las paredes del bote donde me encerré cuando te largaste. Corro, empiezo a correr, pero tengo la maldita sensación de que nunca me muevo del sitio. He decidido echarle las culpas a las lágrimas que me persiguen todo el tiempo y me nublan el campo de visión, pero me da miedo secármelas y descubrir que no tienen nada que ver, que es un problema exclusivamente mío… Así que sigo igual que siempre. La cobarde que se esconde entre metáforas, ¿recuerdas? Ésa soy yo. Prefiero morir ahogada antes que vislumbrar cómo se derrumba el puente que acabo de construir. Ahora quedaría realmente bien que te dijese que te echo de menos. ¿Sabes que lo puedo decir ya en siete idiomas? He conquistado tres lenguas desde que te fuiste. No está mal, ¿verdad? Pero no te echo de menos, no a ti: echo de menos lo que fuimos. Algún capullo dijo que el amor existía cuando no eran necesarias las palabras para expresar un sentimiento. Yo pienso constantemente en las tardes de luz escasa, por no decir inexistente, con nosotros tirados en el suelo. Tirados en el suelo, sin pronunciar una sola sílaba, una única frase, que conquistase nuestro infinito silencio. Porque el amor no es inexistencia de soledad, sino compañía ante la misma. Antítesis. Fuimos como el olor que impregna las calles después de la lluvia, las cuerdas de un piano, el viento con ganas de despeinar, o las notas de amor que escribimos siendo niños. Fuimos electricidad. Casi podíamos encender bombillas sin necesidad de interruptores. Y es esa sensación la que echo de menos, la de poderte mirarte a los ojos y pensar, con toda el alma, que te quiero. Pensar que te quiero y que daría cualquier cosa por verte feliz, por verte sonreír, y toda esa mierda. Ahora ya no. Hoy es el resultado de ayer. Y ayer me demostraste que eres casi tan volátil como mi yo más onírico. Ayer me disparaste tras prometerme oxígeno. Quizá sea algún proceso químico, psicológico, o vete tú a saber, pero estoy empezando a oler como a gasolina. Y si me toca, voy a arder. Espero que después de todo este preámbulo no te pille muy de sopetón el motivo de esta carta, inserta aquí un carraspeo: Ya no soy nada tuyo, sólo un recuerdo más al que acudirás buscando compasión la próxima Navidad en la que sientas que te estás muriendo por dentro (que es la peor muerte de todas). No me marcho sin repetirte que la palabra más difícil de definir es vida y que yo insisto en que pensar que se ha superado el síndrome de abstinencia supone una intensificación del mismo. En fin, preferiría que no estuvieras borracho la próxima vez que me digas que me quieres.
Puedes ahorrarte tus postales como modo de parte meteorológico porque nunca dejará de llover.
Y todo esto a pesar de que nunca es demasiado tiempo,
Z.
El problema está en que no necesito tu perdón para seguir adelante. Porque, sí, creo que debería pedirte perdón, pero sólo pedimos perdón cuando necesitamos ser perdonados. Y a mí, esta vez, me trae sin cuidado. Me he quedado aquí, justo aquí. Intento acelerar, pero la historia se queda en un intento más. Me he pasado años, siempre demasiado tiempo, buscando las putas llaves del coche. Y, ¡boom! cuando las encuentro, me doy cuenta de que el motor está jodido. Voy al mecánico, que me mira así como con cara de “¿me la follo o no me la follo?”. No hubo nada, por si te lo estás preguntando. En el momento en que logro arrancar, el coche empieza a bramar, dice que quiere gasolina. Vuelta a empezar. Hay historias que no terminan nunca, ¿sabes? Porque nunca recordamos olvidarnos de lo que queremos recordar. O cualquier otra mierda. El amor mata, y la vida termina asesinándonos demasiadas veces. Lo curioso es que ni siquiera llegamos a resucitar y ya estamos enviando de nuevo las invitaciones para nuestro funeral. No sé, Anonymous, ¿no hay coches que funcionen con energía solar? Porque a ésos no habría que echarles gasolina y, además, no contaminarían. Hala, ya sé con qué fomentar mi consumismo. Radiografías las manos de un pianista y eres capaz de no sorprenderte. Parece absurdo, es como el expediente x de todos esos nombres que sirven para describir la lluvia apenas perceptible. Tú eres la llovizna, débil, menudo, tenue; y yo soy un diccionario, empeñada en intentar encontrar las palabras para tenerte, quizá necesitarte. Terminan brotando de mis ojos los mares a los cuales irás a pescar. Cogerás tu bote blanco, remarás, remarás e incluso te atreverás a enviarme postales desde él. “Aquí no para de llover”, me dirás. Y yo pensaré, “normal, hijo de puta, ¿acaso esperas que, después de que me hayas abandonado, me ponga a dar saltos de alegría? Tendré que llorar, ¿no?”. Pero no diré nada, quizá responderé con cartas repletas de mentiras, porque mentirme es mi puta droga preferida. “Bueno, no te creas, que dice el del tiempo que ya mismo se va a estar yendo la ola de frío polar”. Lo malo es que, después, las mentiras se quedan en mi cabeza, en plan huésped de hotel, y cuando hacen la reserva no me dicen por cuánto tiempo piensan quedarse. Cómo las odio, joder. ¿Y por qué “odiar” y “necesitar”, con el tiempo, terminan convirtiéndose en un matrimonio cascarrabias? Es igual, no quiero saberlo. Sigo coleccionando motivos para fingir sorpresa al verte tenderme los brazos, pero ya he llegado al punto al cual temía llegar: Tus fronteras empequeñecen. Estoy tirada en la cuneta de una carretera cualquiera con un coche que no quiere arrancar y sólo sé hacerme pequeña al mismo tiempo que las paredes del bote donde me encerré cuando te largaste. Corro, empiezo a correr, pero tengo la maldita sensación de que nunca me muevo del sitio. He decidido echarle las culpas a las lágrimas que me persiguen todo el tiempo y me nublan el campo de visión, pero me da miedo secármelas y descubrir que no tienen nada que ver, que es un problema exclusivamente mío… Así que sigo igual que siempre. La cobarde que se esconde entre metáforas, ¿recuerdas? Ésa soy yo. Prefiero morir ahogada antes que vislumbrar cómo se derrumba el puente que acabo de construir. Ahora quedaría realmente bien que te dijese que te echo de menos. ¿Sabes que lo puedo decir ya en siete idiomas? He conquistado tres lenguas desde que te fuiste. No está mal, ¿verdad? Pero no te echo de menos, no a ti: echo de menos lo que fuimos. Algún capullo dijo que el amor existía cuando no eran necesarias las palabras para expresar un sentimiento. Yo pienso constantemente en las tardes de luz escasa, por no decir inexistente, con nosotros tirados en el suelo. Tirados en el suelo, sin pronunciar una sola sílaba, una única frase, que conquistase nuestro infinito silencio. Porque el amor no es inexistencia de soledad, sino compañía ante la misma. Antítesis. Fuimos como el olor que impregna las calles después de la lluvia, las cuerdas de un piano, el viento con ganas de despeinar, o las notas de amor que escribimos siendo niños. Fuimos electricidad. Casi podíamos encender bombillas sin necesidad de interruptores. Y es esa sensación la que echo de menos, la de poderte mirarte a los ojos y pensar, con toda el alma, que te quiero. Pensar que te quiero y que daría cualquier cosa por verte feliz, por verte sonreír, y toda esa mierda. Ahora ya no. Hoy es el resultado de ayer. Y ayer me demostraste que eres casi tan volátil como mi yo más onírico. Ayer me disparaste tras prometerme oxígeno. Quizá sea algún proceso químico, psicológico, o vete tú a saber, pero estoy empezando a oler como a gasolina. Y si me toca, voy a arder. Espero que después de todo este preámbulo no te pille muy de sopetón el motivo de esta carta, inserta aquí un carraspeo: Ya no soy nada tuyo, sólo un recuerdo más al que acudirás buscando compasión la próxima Navidad en la que sientas que te estás muriendo por dentro (que es la peor muerte de todas). No me marcho sin repetirte que la palabra más difícil de definir es vida y que yo insisto en que pensar que se ha superado el síndrome de abstinencia supone una intensificación del mismo. En fin, preferiría que no estuvieras borracho la próxima vez que me digas que me quieres.
Puedes ahorrarte tus postales como modo de parte meteorológico porque nunca dejará de llover.
Y todo esto a pesar de que nunca es demasiado tiempo,
Z.
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