Ni siquiera sé si la quería o la quise. Recuerdo aquellas noches de verano en las que el calor me oxidaba el alma, cuando yo soñaba porque ella estaba allí. Única y exclusivamente porque ella estaba allí. Y me parecía un ángel. Sí, un ángel enviado del mismísimo cielo para cuidarme, para quererme, para taparme por las noches sin importar que fuese verano y que el calor me oxidase el alma. Y ni siquiera sé si la quería, la quiero o la quise. Sólo sé que la importancia de las formas verbales tendría que ser mínima, como la de tantas otras cosas que destrozan la memoria desde dentro, protagonizando una especie de golpe de Estado, y van desmantelando, poco a poco, nuestro pequeño gran mundo de mentira, o de mentiras; como la culpa.
No paraba de llover. Traté de mirar el reloj para saber cuánto tiempo hacía que las nubes, grises, habían engullido al Sol. Fui incapaz, porque no quise descubrir la hora y tener que recordarla para siempre. Pero lo peor de aquel día no era que lloviese en el sentido estricto de la palabra, sino que lloviera en mí. Se había marchado, no había vuelta atrás. Confieso que, mientras mi hermana apretaba mi mano con fuerza, cerré los ojos con la absurda e inocente esperanza de volver atrás en el tiempo. Aparecer, de repente, en cualquier reunión familiar del verano del 97. Ver a Brigitte, la gata persa de la abuela, pasearse por el porche del chalet como si se creyese motivo principal de una reunión de fotógrafos en el Paseo de la Fama de Hollywood; descubrir a Héctor y a Samuel pelearse por si el último gol había entrado o no en fuera de juego; escuchar a mi hermana Helena discutir sobre política con el tío Adam; quedarme atónita al descubrir a mamá pintarse las uñas de color rosa; enseñar a la prima María a saltar a la comba, logrando únicamente que se hiciera daño; intentar robar al abuelo mi fruta preferida de los melocotonares que tenía plantados justo al final del campo; cegarme con la luz que había por todas partes. Pero, sobre todo, recordé a papá, que nos decía que nos quería con una botella de alcohol en la mano. Mi madre solía maldecirle y pedirle que se marchara. Lo que ella no sabía era que terminaría haciéndole caso. Se iría, sí. No tardaría en marcharse. Y yo no entendería nada.
Cuando supe que mamá había muerto fui consciente de que nada podría hacerla callar. Ni a ella ni a mi padre. Cerré los ojos hasta quedarme totalmente a oscuras, tan fuerte que creí que los párpados se me iban a romper en mil pedazos y que, después, tendría que recomponerlo todo yo misma, como si se tratase de un rompecabezas. Respiré. Respiré con la sensación de que me faltaba el aire a cuestas. Una vez leí en un sobrecito de azúcar para el café que las lágrimas más amargas vertidas sobre una tumba son las palabras nunca dichas y las acciones jamás realizadas. Supongo que me empeñaba en mirar hacia atrás porque me sentía incapaz de pensar en lo que se me avecinaba.
Una vez hubo terminado el funeral, me quedé al lado de la lápida de mamá. Ana Sorolla González. 21.04.1961– 30.01.2006. Tenía 45 años. 45 años. Era la persona que mas me había hecho reír, indiscutiblemente. Y ya no estaba. Ya no iba a estar. Nunca más. Cuando recibí la llamada de mi tío, que me anunció que mi madre había tenido un accidente de coche y había muerto en el momento, sentí que me arrebataban un trozo de vida. Fue como si un grupo de ladrones entrase violentamente en mi corazón y se apoderase de toda la vida que ella podía haberme regalado, como si un estudiante se encargase de subrayar con un rotulador amarillo todos y cada uno de los momentos que pasé con ella. Para que doliese más. No me la podía sacar de la cabeza. Y por las noches, durante una larga temporada, me mentía a mí misma, me aseguraba en voz baja, muy baja, que mamá no estaba muerta. No, qué va, mamá ha ido a por tabaco al bar de Manuel y se está retrasando porque se ha puesto a hablar con la señora de la ONCE a la que siempre le compra los boletos de la lotería. Mamá ha ido a por tabaco y se está retrasando, se está retrasando demasiado y cuando vuelva le voy a tener que regañar, porque no está bien que me dé estos sustos. Y encima se ha dejado el móvil aquí, que se está cargando la batería, y no puedo llamarla para decirle que me estoy volviendo loca y que si no viene ya me dará absolutamente igual que nunca hayamos ganado la lotería a pesar de que cada viernes le compramos un boleto a la señora con la que ya lleva cerca de dos meses hablando desde que se fue a comprar tabaco al bar de Manuel.
Durante mucho tiempo, seguí esperando que mi madre apareciera en casa y se quejase de que todo estaba hecho un desastre. No fui capaz de borrar su número de teléfono de la agenda ni de creer en ese Cielo donde todos me decían que ella estaría mejor. Y tuve, o tengo, la horrible sensación de no haberle podido mostrar cuánto la quería. Y pienso en todas las cosas que debí decirle o hacer con ella y no hice. Pero ya no importa. Ya no importa nada, porque mamá sólo será un recuerdo más al que acuda la próxima Navidad que sienta que me estoy muriendo por dentro.
No se me ocurrió pensar en mi padre. Cuando mi tío Adam me llamó para decirme que mi madre había muerto, ni siquiera me acordé de él. Porque papá se marchó de casa cuando yo tenía 10 años. Yo siempre me pregunté por qué se fue. ¿Por qué lo dejó todo? ¿O es que no lo éramos todo para él? ¿Por qué no luchaste, eh, papá? ¿Era tan difícil decir que no te ibas a rendir? ¿Por qué fuiste tan cabrón? ¿Acaso no había otra forma de hacer las cosas? Porque si no se te daba bien hacer de paraguas podrías haberlo dicho y Helena y yo te habríamos enseñado. O lo habríamos intentado. Y lo peor de todo es que nunca me atreveré a preguntarle porqué se marchó y él jamás lo confesará, porque para ambos sería como admitir una derrota. Y no somos más que gobiernos capitalistas que quieren reivindicar su hegemonía. Crecí sin él. Fue mamá la que se encargó de curar las heridas del desamor adolescente, la que me dio ánimos cuando pronuncié un no puedo, la que creyó en mí incluso más que en sí misma. Fue mamá el motor de la vida en el 2ºB de la casa número 45 de la calle Carlos III. Y papá era innombrable. Mencionarle significaba un par de bofetadas no sólo para mamá, sino también para la persona que lo mencionase y la que tuviera la suerte de escuchar. Porque lo único que quedaba en esa casa de papá era su ausencia. Y a todas nos hacía un poco miserables. Guardábamos su nombre escondido en una caja cerrada con llave, lanzamos la llave al mar. Yo a menudo pensaba que esconder un cadáver habría sido menos tortuoso, mucho más fácil. Porque de vez en cuando te inundaban unas ganas tremendas de jugar a fútbol con él, por mucho que tú fueses más de baloncesto; de vez en cuando soñabas que te llamaba “princesa” y sólo una hija sabe lo que significa para ella que el rey la llame princesa; de vez en cuando deseabas que estuviera allí, aquí o tres metros más hacia el sur, sólo para poder verle y reírte de él porque se ha cortado afeitándose la barba y si ya lleva cerca de 30 años afeitándose, podría ir aprendiendo a hacerlo en condiciones; de vez en cuando te daba por pensar que habrías matado por recordar el sabor de sus tortillas de patatas; de vez en cuando se te encogía el corazón tras centrifugarlo con lágrimas, lágrimas y más lágrimas. De vez en cuando. Quizá no tan de vez en cuando, sino más con frecuencia. Pero volvió. Volvió porque la caja donde escondimos su nombre debía de estar rota, tener algún rasguño por el que se escapó su esencia. Y porque el ser humano necesita ser perdonado para poder vivir en paz consigo mismo, o para cualquier otra cosa, pero necesita ser perdonado.
Ahora mamá sonríe. Está junto a papá. Lo mejor de las fotografías es que nunca cambian, por muchas metamorfosis que sufra la gente que aparece en ellas. Mirando aquella foto recordé el funeral, recordé las palabras de mi padre. “Perdóname, hija”, dijo. No me llamó princesa. Supongo que no tenía derecho a llamarme así, pero tampoco tenía derecho a llamarme hija, y lo hizo. Y no tenía derecho a pedirme perdón, y lo hizo. Me pregunté por qué unas veces pedir perdón tiene tan poco valor y otras veces significa tanto, quizá demasiado. Nadie me entendería. Si le dijese a alguien lo que tenía pensado hacer, nadie me entendería, tampoco compartiría mi plan ni lo apoyaría. Pero estamos solos. Estamos miserable y tristemente solos en este mundo. Nos enamoramos, nos peleamos, adiós, mamá, me voy de casa, adiós, la distancia se me está clavando en los pulmones, adiós, descanse en paz, por siempre jamás, adiós, prefiero no volver a verte más, adiós, simplemente no se me ocurrió descolgar el teléfono, adiós, adiós, adiós. La vida no es más que una estación de tren donde priman las despedidas sobre los reencuentros. Y todas esas tonterías de que existimos mientras alguien nos recuerda no son más que una triste excusa para que podamos aferrarnos al mundo, a este puto mundo que nos encadena tejiendo sentimientos, emociones y mentiras. Porque nos mentimos a nosotros mismos más que a cualquier otra persona. Por eso nadie me entendería si dijese lo que tenía pensado hacer, ni siquiera yo.
Aunque, por suerte, yo no estaba tan sola. Al final del túnel que atravesaba, brillaba una luz. Una luz que se llamaba David, medía 1’92 y me sonreía a todas horas. Y a mí me gustaba lo que hacía. Sí, es eso, justo eso. Me gustaba el color de sus calles, la constelación de sus lunares, la vida reflejada en sus ventanas. Me gustaban incluso los desbordamientos de sus ojos. Me volvía loca con el sabor a oxígeno de sus manos o la velocidad de sus pestañas. Me fascinaba su forma de buscar la música, la electricidad que desprendía, el sonido de su respiración. Pero yo siempre andaba de puntillas porque no me buscaba. Sólo quería despertarme para imaginarle, perdido entre risas, en algún rincón de mi cama. O nuestra cama. Y siempre quise usar sus rizos como tobogán, pero era y soy nada más que una cobarde que se esconde entre metáforas.
David entró en mi habitación sin llamar y me descubrió abrazada a aquel retrato de mis padres:
- ¿Otra vez estás así? -se sentó sobre mi cama.
- ¿Qué hago? Me ha pedido que le perdone. Mi hermana todavía no puede creérselo. Se ha vuelto loca. Dice que Dios ha tenido que enviarnos a papá de nuevo para pagarnos de alguna manera por la muerte de mamá, o algo así. Ha insistido en que perdonar nos hace libres, al perdonar nos perdonamos un poco a nosotros mismos, perdonar es el valor de los valientes... En fin, ya sabes, siempre la misma mierda. Y yo me voy a volver loca, David. Y sé que si no le perdono no me voy a sentir bien.
- No perdonamos para sentirnos bien.
- Entonces, ¿por qué perdonamos?
- Perdonamos porque somos personas. O idiotas, que es prácticamente lo mismo. Perdonamos porque necesitamos sentir que tenemos algún tipo de manejo sobre nuestras vidas, sentir que no todo es casualidad o destino. Perdonamos porque nos dan buenos motivos para que lo hagamos, porque somos débiles, porque no nos queda otra. Perdonamos porque creemos que es la única forma de seguir adelante teniendo una excusa para mirar atrás. Perdonamos porque es la mejor forma de demostrarnos que podemos cambiar las cosas, o que así queremos creerlo.
- Eso significa que no hay perdón realmente cierto, ¿no?
- Y que le vas a perdonar.
- Y que voy a intentar perdonarle.
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