domingo, 30 de agosto de 2009
Simulacro
Las lágrimas se extienden como estelas de cohetes. Cuando no te tengo siento que a esta casa le falta el tejado. Y llueve. Sí, está lloviendo en Sevilla. 25 de julio. A penas puedo oír el sonido de la lluvia golpeando en la ventana, porque la música está demasiado alta. Siempre. Tu voz. He hecho un collage con retales de tu voz. Me dices que podemos llegar a la Luna con un barco de papel. Siente el silencio de tu corazón, la cobardía de tus pulmones. Si tienes frío, quédate aquí, justo aquí. No te muevas, no me dejes. Abrázame y haz que seamos uno, haz que olvide que existe amor en este mundo que no nos incluye a nosotros. Abre las alas. Podemos volar, basta con pensar que estamos en invierno, basta con saber que estamos en invierno. Déjame fingir en este simulacro, descubrir si tienes o no cosquillas, nadar entre tus sueños, hundir mi nariz en tu cabello. Mírame a los ojos como si pensaras que ahí están todos los porqués. No estés triste. Eres mi poeta preferido, ya lo he decidido. Las agujas de los relojes se empeñan en restar mientras los fuegos artificiales inventan colores para ti. Nos separan. O tratan de separarnos. Porque se rompe el horizonte en tus bolsillos. Me he perdido. Me he perdido entre tus mapas. Mis párpados disminuyen la velocidad. Y la estación está vacía, completamente vacía. Pero estás tú. No puedes morir si no has vivido realmente. Te enamorarás de mí. Sí, algún día te enamorarás de mí. Inventaremos canciones sin letra, de esas que abren las puertas de par en par. No te pediré que seas mi paraguas porque entenderé, al fin, que contigo no hacen falta. Te veré caer, me verás caer y pediremos perdón. Mil veces. Sin parar. No quiero parar. No puedo parar. Subiremos el volumen, el nivel del mar, las persianas, los ascensores. Todos los ascensores de cada uno de los edificios de oficinas de Nueva York. Descubriremos los porqués y descifraremos las metáforas. No me vas a regalar flores ni me sacarás a bailar y tampoco viviremos en una nube. Viviremos en un fotomatón. Y fotografiaremos el amor de mil formas distintas. Seremos inmortales. Nos salvaremos. Nos salvaremos aunque no sepamos muy bien de qué tenemos que ser salvados.
lunes, 3 de agosto de 2009
Memorándum
A veces me pregunto cuál debe de ser el momento que recordemos antes de morir. Justo en ese instante en que seamos conscientes de que, finalmente, hemos cumplido (o no) nuestro cometido en la vida, que se nos ha acabado el tiempo, ¿en qué pensaremos? ¿Qué será lo que rememoremos entonces? Y ¿cuáles son los patrones que establecen si un momento es digno de ser recordado precisamente antes de nuestra muerte? La verdad es que toda esta retórica no es más que una excusa (bastante ridícula y endeble, por cierto) para reconocer que he perdido la cuenta de las veces que he intentado convencerme de que pensaré en una de tus sonrisas. Bueno… en “una de tus sonrisas”, no. Pensaré en cualquiera de tus sonrisas. Tus sonrisas de colores, las de los domingos o las de los días de tormenta en verano, incluso tus sonrisas forzadas o aquellas que no tienen cabida en el ranking de las novecientas veinticinco mil doscientas setenta y tres sonrisas más bonitas que este mundo haya presenciado jamás. Pensaré en cualquiera de tus sonrisas porque son ellas las que suponen mi mayor motivo para sonreír. Intentaré poner nombre a todos y cada uno de los colores que aparezcan en esa última sonrisa. Y fracasaré. Sonará un piano, como tantas otras veces, y no llegaré a darme cuenta de que se trata del latir desordenado y desacompasado de nuestros corazones, como tantas otras veces. Y me preguntaré dónde estás, dónde estás y por qué tengo que imaginar cualquiera de tus sonrisas en lugar de presenciarla. Porque no puedo soportar la idea de que haya relojes que se atrevan a medir el tiempo que paso sin ti.
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