miércoles, 24 de diciembre de 2008

I think it cured my pain, again

Querido Anonymous,

El problema está en que no necesito tu perdón para seguir adelante. Porque, sí, creo que debería pedirte perdón, pero sólo pedimos perdón cuando necesitamos ser perdonados. Y a mí, esta vez, me trae sin cuidado. Me he quedado aquí, justo aquí. Intento acelerar, pero la historia se queda en un intento más. Me he pasado años, siempre demasiado tiempo, buscando las putas llaves del coche. Y, ¡boom! cuando las encuentro, me doy cuenta de que el motor está jodido. Voy al mecánico, que me mira así como con cara de “¿me la follo o no me la follo?”. No hubo nada, por si te lo estás preguntando. En el momento en que logro arrancar, el coche empieza a bramar, dice que quiere gasolina. Vuelta a empezar. Hay historias que no terminan nunca, ¿sabes? Porque nunca recordamos olvidarnos de lo que queremos recordar. O cualquier otra mierda. El amor mata, y la vida termina asesinándonos demasiadas veces. Lo curioso es que ni siquiera llegamos a resucitar y ya estamos enviando de nuevo las invitaciones para nuestro funeral. No sé, Anonymous, ¿no hay coches que funcionen con energía solar? Porque a ésos no habría que echarles gasolina y, además, no contaminarían. Hala, ya sé con qué fomentar mi consumismo. Radiografías las manos de un pianista y eres capaz de no sorprenderte. Parece absurdo, es como el expediente x de todos esos nombres que sirven para describir la lluvia apenas perceptible. Tú eres la llovizna, débil, menudo, tenue; y yo soy un diccionario, empeñada en intentar encontrar las palabras para tenerte, quizá necesitarte. Terminan brotando de mis ojos los mares a los cuales irás a pescar. Cogerás tu bote blanco, remarás, remarás e incluso te atreverás a enviarme postales desde él. “Aquí no para de llover”, me dirás. Y yo pensaré, “normal, hijo de puta, ¿acaso esperas que, después de que me hayas abandonado, me ponga a dar saltos de alegría? Tendré que llorar, ¿no?”. Pero no diré nada, quizá responderé con cartas repletas de mentiras, porque mentirme es mi puta droga preferida. “Bueno, no te creas, que dice el del tiempo que ya mismo se va a estar yendo la ola de frío polar”. Lo malo es que, después, las mentiras se quedan en mi cabeza, en plan huésped de hotel, y cuando hacen la reserva no me dicen por cuánto tiempo piensan quedarse. Cómo las odio, joder. ¿Y por qué “odiar” y “necesitar”, con el tiempo, terminan convirtiéndose en un matrimonio cascarrabias? Es igual, no quiero saberlo. Sigo coleccionando motivos para fingir sorpresa al verte tenderme los brazos, pero ya he llegado al punto al cual temía llegar: Tus fronteras empequeñecen. Estoy tirada en la cuneta de una carretera cualquiera con un coche que no quiere arrancar y sólo sé hacerme pequeña al mismo tiempo que las paredes del bote donde me encerré cuando te largaste. Corro, empiezo a correr, pero tengo la maldita sensación de que nunca me muevo del sitio. He decidido echarle las culpas a las lágrimas que me persiguen todo el tiempo y me nublan el campo de visión, pero me da miedo secármelas y descubrir que no tienen nada que ver, que es un problema exclusivamente mío… Así que sigo igual que siempre. La cobarde que se esconde entre metáforas, ¿recuerdas? Ésa soy yo. Prefiero morir ahogada antes que vislumbrar cómo se derrumba el puente que acabo de construir. Ahora quedaría realmente bien que te dijese que te echo de menos. ¿Sabes que lo puedo decir ya en siete idiomas? He conquistado tres lenguas desde que te fuiste. No está mal, ¿verdad? Pero no te echo de menos, no a ti: echo de menos lo que fuimos. Algún capullo dijo que el amor existía cuando no eran necesarias las palabras para expresar un sentimiento. Yo pienso constantemente en las tardes de luz escasa, por no decir inexistente, con nosotros tirados en el suelo. Tirados en el suelo, sin pronunciar una sola sílaba, una única frase, que conquistase nuestro infinito silencio. Porque el amor no es inexistencia de soledad, sino compañía ante la misma. Antítesis. Fuimos como el olor que impregna las calles después de la lluvia, las cuerdas de un piano, el viento con ganas de despeinar, o las notas de amor que escribimos siendo niños. Fuimos electricidad. Casi podíamos encender bombillas sin necesidad de interruptores. Y es esa sensación la que echo de menos, la de poderte mirarte a los ojos y pensar, con toda el alma, que te quiero. Pensar que te quiero y que daría cualquier cosa por verte feliz, por verte sonreír, y toda esa mierda. Ahora ya no. Hoy es el resultado de ayer. Y ayer me demostraste que eres casi tan volátil como mi yo más onírico. Ayer me disparaste tras prometerme oxígeno. Quizá sea algún proceso químico, psicológico, o vete tú a saber, pero estoy empezando a oler como a gasolina. Y si me toca, voy a arder. Espero que después de todo este preámbulo no te pille muy de sopetón el motivo de esta carta, inserta aquí un carraspeo: Ya no soy nada tuyo, sólo un recuerdo más al que acudirás buscando compasión la próxima Navidad en la que sientas que te estás muriendo por dentro (que es la peor muerte de todas). No me marcho sin repetirte que la palabra más difícil de definir es vida y que yo insisto en que pensar que se ha superado el síndrome de abstinencia supone una intensificación del mismo. En fin, preferiría que no estuvieras borracho la próxima vez que me digas que me quieres.

Puedes ahorrarte tus postales como modo de parte meteorológico porque nunca dejará de llover.
Y todo esto a pesar de que nunca es demasiado tiempo,
Z.

No hay comentarios: