domingo, 4 de enero de 2009

Inolvidable tú

En la redondez de nuestro mundo nunca hubo teléfono, carteros, carreteras, medios de transporte ni forma de comunicación que no fuera la palabra. Recuerdo que crucé cientos de mares, quizá océanos, intentando llegar a ti. Recuerdo que me ahogué tantas veces que dejé de llevar la cuenta porque me enfadé conmigo misma. Cada vez que me decidía y salía volando, valiente, a por ti, me dejaba la vida olvidada en el alféizar de la ventana. Al principio no sabía qué puñetas fallaba, porque te juro que yo iba encajando todas las piezas del puzzle. Después de unas 527 canciones de amor, me di cuenta de que era, precisamente, el hecho de viviésemos rodeados de metáforas lo que hacía que, a pesar de habitar ambos en la redondez de nuestro mundo, tú siempre estuvieses a un par de años luz de mí. Sé que hubo un momento, un pequeño instante, en el que dejé atrás los mares ordinarios y pude nadar, a mis anchas, en tus ojos. Para que te hagas una idea, aquello fue como ser protagonista de una de esas fotografías en las que todo está en blanco y negro excepto un color. Lo malo es que no sé exactamente dónde estaba lo colorido de la imagen. Desde entonces, no nado, sino vuelo. ¿Alto, bajo? Qué sé yo, y qué más da. Vuelo. Vuelo sin dejarme ninguna porción de vida en el alféizar de la ventana. Y vuelta al principio. Así, sin más. Ése es nuestro final, volver a empezar.

Te pido perdón por no haberme dejado conocer y por pensar que ahora es demasiado tarde. Y recuerda siempre que, si alguien destruyó a Napoleón, fue él mismo.

2 comentarios:

Srta. Nostalgia dijo...

No somos sino nosotros mismos quienes acabamos por destruirnos. Muy bonito. Un beso.

Unknown dijo...

Y a veces no nos damos cuenta de que lo que tenemos es lo que siempre habíamos deseado tener...
(Autodestrucción? yo creo que sí)

Un beso bonita :**