Después de todo, creo que soy demasiado frágil como para declararme en pleno derecho a escoger una canción favorita.
Pensé, joder, pensé en dormir. Pensé en dormir durante años, esperar a que viniera el príncipe que me salvara de toda esa mierda. Tomé somníferos y me diagnosticaron insomnio. En mis noches en vela, me dediqué a describir con todo lujo de detalles (lo cual significa una media de 4 ó 5 adjetivos por cada oración) los besos que nunca te di y que nunca soñé con darte porque no pude dormir debido a que los medicamentos que tomé para poder dormir y soñarte me provocaron insomnio. En mis noches en vela veía tu sonrisa: en el techo, en mis manos, formando constelaciones, tatuada en mis suspiros, en mis ganas de tener una sonrisa propia, entera, toda, llena, para mí. Una sonrisa que me despertase los domingos con mucha, mucha, muchísima luz, que oliese a pan recién hecho y al té de limón de la abuela, una sonrisa que sonriese sin querer y que no pidiese perdón por hacerlo. En mis noches en vela, curioseé los álbumes de fotos y me imaginé las instantáneas en las que jamás aparecerías. En una de ellas que recuerdo con especial ahínco, aparecías manchándome la nariz con nata montada. Y mi expresión no era de enfado, sino que pedía a gritos más nata. Había, también, una fotografía en la que estábamos disfrazados de osos de peluche. Me pasé un buen rato riéndome cuando la encontré. Pero mi preferida era una en la que yo estaba tumbada en la arena de una playa que no pude reconocer, y tú, sonriente, me mirabas. Simplemente me mirabas. Me mirabas sin más y ese era el motivo de tu alegría, de tu felicidad, de tu plenitud. Me pareció lo más bonito que había podido ver (o imaginar) en toda mi vida. En mis noches en vela, estudié la forma de tus labios. Busqué información en todas las enciclopedias, pregunté a los catedráticos de las universidades donde fingen que se estudia el Amor (tú y yo ya sabemos que el amor se aprende en la cama), incluso vi las 24 películas (algunas, en versión original) que trataban el tema. Recapitulé tanta información que pensé en escribir un libro. Uno de poemas, claro, porque la forma de tus labios es poesía pura. Ya sabes, de ese tipo de poesía que no se preocupa por nada, de ésa que nace y se mantiene viva por el simple hecho de expresarse a sí misma ante los demás. Poesía pura. En mis noches en vela, me dediqué a hacer zapping en lo que se convertiría en otro intento absurdo de reordenar mi patética existencia. Busqué los canales que nadie ve sin cuatro o cinco copas de más para preguntar a las videntes dónde estabas. Algunas de ellas me dijeron que te hiciera un mapa, que veían en las cartas que yo sabía dibujar bastante bien. "Bueno", murmuré al teléfono. Sin embargo, otra adivina me aconsejó que dejase el tabaco porque veía que iba a morir de cáncer de pulmón. "Yo no fumo", intenté decir. Fue en vano. Por último, una de las brujas me dijo que no tenía ni la más remota idea de tu ubicación, pero insistió en que debía encontrarte. "Es una historia de amor, tú, y no puede ser que se quede a medias. Tienes que encontrarle. Tienes que encontrarle antes de que alguien le encuentre y se casen y tengan hijos y todo eso que viene después. Tienes que encontrarle porque yo aquí en mis cartas no veo quién es, qué hace o qué quiere, pero sí veo que es para ti, ¿sabes? Es algo muy raro, tú, casi nunca pasa que el destino te una a alguien con tanta fuerza. Encuéntrale, tienes que encontrarle", me soltó. Creo que nunca volveré a llamar a esos programas, son un puto timo: Tú no existes. "Invéntale", me dije. Y así lo hice. Garabateé un saco de huesos con el pelo rizado, incoloro, de ojos grandes y llamativos, también sin color. Y una sonrisa. Una sonrisa propia, entera, toda, llena, para mí. Una sonrisa que me despertaba los domingos con mucha, mucha, muchísima luz, que olía a pan recién hecho y al té de limón de la abuela, una sonrisa que sonreía sin querer y que jamás pidió perdón por hacerlo. Y te besé, besé tu pelo humedecido por mis lágrimas, besé tus párpados suaves, besé tus labios con sabor a Amor del que se aprende en la cama; te besé. Te besé hasta que me quedé dormida.
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2 comentarios:
Pero existía. Donde ella no sabía buscar, en el frío de Laponia o en el calor del Sahara. Existía y le soñaría cuando los medicamentos dejaran de fluir en su sangre, y el insomnio se le saliera por los ojos y pudiera al fin dormir. Y entonces sabía que no tenía que buscar, ni inventar, ni siquiera soñar. Sabría que, cuando subiera a un tren, o al metro, o recorriera la tercera calle del día, aparecería.
Un miau nocturno
te extrañé ,
te quiero, te quiero te quiero,
y lo gritaré cada vez más fuerte.
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