lunes, 29 de diciembre de 2008
You don't believe me
Quiero ser una gota de lluvia y estrellarme contra tus mejillas. ¡Boom! Hará todo. Habrá una explosión, sí, porque el choque provocará un incendio y el fuego de éste querrá besar la gasolina especial de mi nave espacial. Ya te lo he dicho, ¡boom! Hará todo. Y la gente te preguntará por qué lloras. "Idiotas", pensaré yo. Sonreiremos en plan cómplice, ya sabes, una de esas sonrisas que reproducen tan bien los enamorados. Ya lo creo. Es más, podremos pasarnos meses y meses sonriendo. La gente seguirá preguntándote por qué lloras, porque no serán capaces de ver que hay personas que sonríen con los ojos. Yo seguiré el camino ordinario de cualquier gota de lluvia, te recorreré de Norte a Sur a medida que aumente el volumen de tus carcajadas insonoras. Y, al fin, amanecerá el día en que llegue a las puntas de tus pies, que será para mí algo así como un precipicio. A partir de entonces, tú jamás saldrás a la calle sin paraguas.
miércoles, 24 de diciembre de 2008
I think it cured my pain, again
Querido Anonymous,
El problema está en que no necesito tu perdón para seguir adelante. Porque, sí, creo que debería pedirte perdón, pero sólo pedimos perdón cuando necesitamos ser perdonados. Y a mí, esta vez, me trae sin cuidado. Me he quedado aquí, justo aquí. Intento acelerar, pero la historia se queda en un intento más. Me he pasado años, siempre demasiado tiempo, buscando las putas llaves del coche. Y, ¡boom! cuando las encuentro, me doy cuenta de que el motor está jodido. Voy al mecánico, que me mira así como con cara de “¿me la follo o no me la follo?”. No hubo nada, por si te lo estás preguntando. En el momento en que logro arrancar, el coche empieza a bramar, dice que quiere gasolina. Vuelta a empezar. Hay historias que no terminan nunca, ¿sabes? Porque nunca recordamos olvidarnos de lo que queremos recordar. O cualquier otra mierda. El amor mata, y la vida termina asesinándonos demasiadas veces. Lo curioso es que ni siquiera llegamos a resucitar y ya estamos enviando de nuevo las invitaciones para nuestro funeral. No sé, Anonymous, ¿no hay coches que funcionen con energía solar? Porque a ésos no habría que echarles gasolina y, además, no contaminarían. Hala, ya sé con qué fomentar mi consumismo. Radiografías las manos de un pianista y eres capaz de no sorprenderte. Parece absurdo, es como el expediente x de todos esos nombres que sirven para describir la lluvia apenas perceptible. Tú eres la llovizna, débil, menudo, tenue; y yo soy un diccionario, empeñada en intentar encontrar las palabras para tenerte, quizá necesitarte. Terminan brotando de mis ojos los mares a los cuales irás a pescar. Cogerás tu bote blanco, remarás, remarás e incluso te atreverás a enviarme postales desde él. “Aquí no para de llover”, me dirás. Y yo pensaré, “normal, hijo de puta, ¿acaso esperas que, después de que me hayas abandonado, me ponga a dar saltos de alegría? Tendré que llorar, ¿no?”. Pero no diré nada, quizá responderé con cartas repletas de mentiras, porque mentirme es mi puta droga preferida. “Bueno, no te creas, que dice el del tiempo que ya mismo se va a estar yendo la ola de frío polar”. Lo malo es que, después, las mentiras se quedan en mi cabeza, en plan huésped de hotel, y cuando hacen la reserva no me dicen por cuánto tiempo piensan quedarse. Cómo las odio, joder. ¿Y por qué “odiar” y “necesitar”, con el tiempo, terminan convirtiéndose en un matrimonio cascarrabias? Es igual, no quiero saberlo. Sigo coleccionando motivos para fingir sorpresa al verte tenderme los brazos, pero ya he llegado al punto al cual temía llegar: Tus fronteras empequeñecen. Estoy tirada en la cuneta de una carretera cualquiera con un coche que no quiere arrancar y sólo sé hacerme pequeña al mismo tiempo que las paredes del bote donde me encerré cuando te largaste. Corro, empiezo a correr, pero tengo la maldita sensación de que nunca me muevo del sitio. He decidido echarle las culpas a las lágrimas que me persiguen todo el tiempo y me nublan el campo de visión, pero me da miedo secármelas y descubrir que no tienen nada que ver, que es un problema exclusivamente mío… Así que sigo igual que siempre. La cobarde que se esconde entre metáforas, ¿recuerdas? Ésa soy yo. Prefiero morir ahogada antes que vislumbrar cómo se derrumba el puente que acabo de construir. Ahora quedaría realmente bien que te dijese que te echo de menos. ¿Sabes que lo puedo decir ya en siete idiomas? He conquistado tres lenguas desde que te fuiste. No está mal, ¿verdad? Pero no te echo de menos, no a ti: echo de menos lo que fuimos. Algún capullo dijo que el amor existía cuando no eran necesarias las palabras para expresar un sentimiento. Yo pienso constantemente en las tardes de luz escasa, por no decir inexistente, con nosotros tirados en el suelo. Tirados en el suelo, sin pronunciar una sola sílaba, una única frase, que conquistase nuestro infinito silencio. Porque el amor no es inexistencia de soledad, sino compañía ante la misma. Antítesis. Fuimos como el olor que impregna las calles después de la lluvia, las cuerdas de un piano, el viento con ganas de despeinar, o las notas de amor que escribimos siendo niños. Fuimos electricidad. Casi podíamos encender bombillas sin necesidad de interruptores. Y es esa sensación la que echo de menos, la de poderte mirarte a los ojos y pensar, con toda el alma, que te quiero. Pensar que te quiero y que daría cualquier cosa por verte feliz, por verte sonreír, y toda esa mierda. Ahora ya no. Hoy es el resultado de ayer. Y ayer me demostraste que eres casi tan volátil como mi yo más onírico. Ayer me disparaste tras prometerme oxígeno. Quizá sea algún proceso químico, psicológico, o vete tú a saber, pero estoy empezando a oler como a gasolina. Y si me toca, voy a arder. Espero que después de todo este preámbulo no te pille muy de sopetón el motivo de esta carta, inserta aquí un carraspeo: Ya no soy nada tuyo, sólo un recuerdo más al que acudirás buscando compasión la próxima Navidad en la que sientas que te estás muriendo por dentro (que es la peor muerte de todas). No me marcho sin repetirte que la palabra más difícil de definir es vida y que yo insisto en que pensar que se ha superado el síndrome de abstinencia supone una intensificación del mismo. En fin, preferiría que no estuvieras borracho la próxima vez que me digas que me quieres.
Puedes ahorrarte tus postales como modo de parte meteorológico porque nunca dejará de llover.
Y todo esto a pesar de que nunca es demasiado tiempo,
Z.
El problema está en que no necesito tu perdón para seguir adelante. Porque, sí, creo que debería pedirte perdón, pero sólo pedimos perdón cuando necesitamos ser perdonados. Y a mí, esta vez, me trae sin cuidado. Me he quedado aquí, justo aquí. Intento acelerar, pero la historia se queda en un intento más. Me he pasado años, siempre demasiado tiempo, buscando las putas llaves del coche. Y, ¡boom! cuando las encuentro, me doy cuenta de que el motor está jodido. Voy al mecánico, que me mira así como con cara de “¿me la follo o no me la follo?”. No hubo nada, por si te lo estás preguntando. En el momento en que logro arrancar, el coche empieza a bramar, dice que quiere gasolina. Vuelta a empezar. Hay historias que no terminan nunca, ¿sabes? Porque nunca recordamos olvidarnos de lo que queremos recordar. O cualquier otra mierda. El amor mata, y la vida termina asesinándonos demasiadas veces. Lo curioso es que ni siquiera llegamos a resucitar y ya estamos enviando de nuevo las invitaciones para nuestro funeral. No sé, Anonymous, ¿no hay coches que funcionen con energía solar? Porque a ésos no habría que echarles gasolina y, además, no contaminarían. Hala, ya sé con qué fomentar mi consumismo. Radiografías las manos de un pianista y eres capaz de no sorprenderte. Parece absurdo, es como el expediente x de todos esos nombres que sirven para describir la lluvia apenas perceptible. Tú eres la llovizna, débil, menudo, tenue; y yo soy un diccionario, empeñada en intentar encontrar las palabras para tenerte, quizá necesitarte. Terminan brotando de mis ojos los mares a los cuales irás a pescar. Cogerás tu bote blanco, remarás, remarás e incluso te atreverás a enviarme postales desde él. “Aquí no para de llover”, me dirás. Y yo pensaré, “normal, hijo de puta, ¿acaso esperas que, después de que me hayas abandonado, me ponga a dar saltos de alegría? Tendré que llorar, ¿no?”. Pero no diré nada, quizá responderé con cartas repletas de mentiras, porque mentirme es mi puta droga preferida. “Bueno, no te creas, que dice el del tiempo que ya mismo se va a estar yendo la ola de frío polar”. Lo malo es que, después, las mentiras se quedan en mi cabeza, en plan huésped de hotel, y cuando hacen la reserva no me dicen por cuánto tiempo piensan quedarse. Cómo las odio, joder. ¿Y por qué “odiar” y “necesitar”, con el tiempo, terminan convirtiéndose en un matrimonio cascarrabias? Es igual, no quiero saberlo. Sigo coleccionando motivos para fingir sorpresa al verte tenderme los brazos, pero ya he llegado al punto al cual temía llegar: Tus fronteras empequeñecen. Estoy tirada en la cuneta de una carretera cualquiera con un coche que no quiere arrancar y sólo sé hacerme pequeña al mismo tiempo que las paredes del bote donde me encerré cuando te largaste. Corro, empiezo a correr, pero tengo la maldita sensación de que nunca me muevo del sitio. He decidido echarle las culpas a las lágrimas que me persiguen todo el tiempo y me nublan el campo de visión, pero me da miedo secármelas y descubrir que no tienen nada que ver, que es un problema exclusivamente mío… Así que sigo igual que siempre. La cobarde que se esconde entre metáforas, ¿recuerdas? Ésa soy yo. Prefiero morir ahogada antes que vislumbrar cómo se derrumba el puente que acabo de construir. Ahora quedaría realmente bien que te dijese que te echo de menos. ¿Sabes que lo puedo decir ya en siete idiomas? He conquistado tres lenguas desde que te fuiste. No está mal, ¿verdad? Pero no te echo de menos, no a ti: echo de menos lo que fuimos. Algún capullo dijo que el amor existía cuando no eran necesarias las palabras para expresar un sentimiento. Yo pienso constantemente en las tardes de luz escasa, por no decir inexistente, con nosotros tirados en el suelo. Tirados en el suelo, sin pronunciar una sola sílaba, una única frase, que conquistase nuestro infinito silencio. Porque el amor no es inexistencia de soledad, sino compañía ante la misma. Antítesis. Fuimos como el olor que impregna las calles después de la lluvia, las cuerdas de un piano, el viento con ganas de despeinar, o las notas de amor que escribimos siendo niños. Fuimos electricidad. Casi podíamos encender bombillas sin necesidad de interruptores. Y es esa sensación la que echo de menos, la de poderte mirarte a los ojos y pensar, con toda el alma, que te quiero. Pensar que te quiero y que daría cualquier cosa por verte feliz, por verte sonreír, y toda esa mierda. Ahora ya no. Hoy es el resultado de ayer. Y ayer me demostraste que eres casi tan volátil como mi yo más onírico. Ayer me disparaste tras prometerme oxígeno. Quizá sea algún proceso químico, psicológico, o vete tú a saber, pero estoy empezando a oler como a gasolina. Y si me toca, voy a arder. Espero que después de todo este preámbulo no te pille muy de sopetón el motivo de esta carta, inserta aquí un carraspeo: Ya no soy nada tuyo, sólo un recuerdo más al que acudirás buscando compasión la próxima Navidad en la que sientas que te estás muriendo por dentro (que es la peor muerte de todas). No me marcho sin repetirte que la palabra más difícil de definir es vida y que yo insisto en que pensar que se ha superado el síndrome de abstinencia supone una intensificación del mismo. En fin, preferiría que no estuvieras borracho la próxima vez que me digas que me quieres.
Puedes ahorrarte tus postales como modo de parte meteorológico porque nunca dejará de llover.
Y todo esto a pesar de que nunca es demasiado tiempo,
Z.
martes, 23 de diciembre de 2008
I still forget just how to be (all you wanted)
Mañana no existe, ¿sabes? Es siempre la misma historia. Mañana, mañana, mañana. Mañana no es más que hoy y ayer. Es la suma, el producto. Mañana es restar mis manos a las tuyas.
Me gusta lo que haces. Sí, es eso, justo eso. Me gusta el color de tus calles, la forma de tus dientes, la vida reflejada en tus ventanas. Me gustan los desbordamientos de tus ojos, el sabor a oxígeno de tus manos, la velocidad de tus pestañas. Me gusta tu forma de buscar la música, la electricidad que desprendes, el sonido de tu respiración. Me gustó el calor de la llama que provocó el fuego en el que ardimos, tu forma de andar de puntillas cuando mis manos no te buscaban, y me gustaron los garabatos que sentí entonces cuando intentaste besarme. Me gusta nuestra revolución. Y volvería a saltar del precipicio para poder encontrarte, por mucho que sepa que el final no me va a gustar y que tomas demasiado café para ser un adolescente.
Me gusta lo que haces. Sí, es eso, justo eso. Me gusta el color de tus calles, la forma de tus dientes, la vida reflejada en tus ventanas. Me gustan los desbordamientos de tus ojos, el sabor a oxígeno de tus manos, la velocidad de tus pestañas. Me gusta tu forma de buscar la música, la electricidad que desprendes, el sonido de tu respiración. Me gustó el calor de la llama que provocó el fuego en el que ardimos, tu forma de andar de puntillas cuando mis manos no te buscaban, y me gustaron los garabatos que sentí entonces cuando intentaste besarme. Me gusta nuestra revolución. Y volvería a saltar del precipicio para poder encontrarte, por mucho que sepa que el final no me va a gustar y que tomas demasiado café para ser un adolescente.
lunes, 22 de diciembre de 2008
A town like Hurricane
- No vuelvas a largarte sin despedirte.
- Odio las despedidas...
- No vuelvas a irte.
- Odio las despedidas...
- No vuelvas a irte.
domingo, 14 de diciembre de 2008
4
sábado, 6 de diciembre de 2008
16 things you don't know about me
1. Colecciono toneladas de cosas. No exagero. Tengo desde llaves antiguas que ni siquiera sé qué abren hasta pestañas, pasando por canciones capaces de emocionarme y piedras.
2. Me hace ilusión entender qué dicen las canciones en inglés sin leer las letras. Es ridículo, lo sé, pero ¡no puedo evitarlo!
3. Mi palabra preferida es "paz". Amo toda palabra que termine en z; como maíz, antifaz, luz, voz y desliz. Pero, sobre todo, paz. Es perfecta, sin más.
4. Creo en el amor por encima de cualquier otra cosa.
5. Me da miedo la oscuridad, desde pequeña. Que nadie pregunte por qué, no sabré contestar.
6. Nunca recuerdo lo que sueño. Paradójicamente, sí suelo acordarme de las pesadillas. Será que despierta ya sueño demasiado.
7. Tengo tan claro que no podría vivir sin música que hace relativamente poco tiempo decidí que me enamora la idea de vivir en determinadas canciones.
8. La poesía es mi droga. No me gusta leer novelas, una gran parte de ellas me aburre. Así que me refugio en el teatro o en la poesía, pero sobre todo en ésta última.
9. Suelo llegar tarde a los sitios, a no ser que me muera de ganas de ver a la persona en cuestión (en tal caso, llego como media hora antes).
10. Me gusta descubrir por la calle a dos señores mayores besándose, o yendo cogidos de las manos. Pueden llevar una vida entera dándose amor o apenas unos meses, pero no deja de encantarme. Es, de algún modo, la prueba de que nunca dejamos de buscar.
11. Me encanta despertarme y ver que tengo la cara llena de las marcas que deja la almohada. Me hace sentir viva.
12. Soy demasiado perfeccionista, demasiado terca, demasiado orgullosa, demasiado realista, demasiado sensible, demasiado romántica y, quizá, demasiado expresiva.
13. El día más feliz de mi vida lo viví cuando tenía alrededor de 10 años. Tuve que recitar un poema delante de un montón de personas y, aunque la poesía (la cual, por cierto, todavía recuerdo) no tuviese nada de bonita, me sentí bien. Sentí que no me importaba pasar el resto de mi vida recitando poemas para todas esas personas, o simplemente para mí. Y los aplausos me sirvieron para acelerar.
14. Cuando empecé a tener uso de razón me di cuenta de que nací para ser periodista. La idea de hacer reportajes de investigación o de lanzarme a la calle micro en mano acompañada por una cámara me vuelve loca.
15. Detesto con todo mi ser esperar, los prejuicios, la idea de que la justicia no existe, sentirme perdida o ser incapaz de pedir perdón.
16. No creo en Dios, tampoco en Alá, ni en Buda. No soporto las religiones, pienso que sólo engendran odio y guerra. Pero admiro, de verdad, a las personas que son capaces de creer. Siento una especie de fascinación por la gente que tiene esa fe absoluta. Me impresiona. Es tan... Humano. Es prácticamente conmovedor el hecho de que se piense que, pase lo que pase, hay una fuerza mística ahí arriba que nos va a acoger en sus brazos el día que muramos. No lo comparto en absoluto, porque la lógica y la razón me lo impiden, pero me gustaría poder tener esa confianza tan ciega en algo o alguien que no tengo certeza de que existe.
2. Me hace ilusión entender qué dicen las canciones en inglés sin leer las letras. Es ridículo, lo sé, pero ¡no puedo evitarlo!
3. Mi palabra preferida es "paz". Amo toda palabra que termine en z; como maíz, antifaz, luz, voz y desliz. Pero, sobre todo, paz. Es perfecta, sin más.
4. Creo en el amor por encima de cualquier otra cosa.
5. Me da miedo la oscuridad, desde pequeña. Que nadie pregunte por qué, no sabré contestar.
6. Nunca recuerdo lo que sueño. Paradójicamente, sí suelo acordarme de las pesadillas. Será que despierta ya sueño demasiado.
7. Tengo tan claro que no podría vivir sin música que hace relativamente poco tiempo decidí que me enamora la idea de vivir en determinadas canciones.
8. La poesía es mi droga. No me gusta leer novelas, una gran parte de ellas me aburre. Así que me refugio en el teatro o en la poesía, pero sobre todo en ésta última.
9. Suelo llegar tarde a los sitios, a no ser que me muera de ganas de ver a la persona en cuestión (en tal caso, llego como media hora antes).
10. Me gusta descubrir por la calle a dos señores mayores besándose, o yendo cogidos de las manos. Pueden llevar una vida entera dándose amor o apenas unos meses, pero no deja de encantarme. Es, de algún modo, la prueba de que nunca dejamos de buscar.
11. Me encanta despertarme y ver que tengo la cara llena de las marcas que deja la almohada. Me hace sentir viva.
12. Soy demasiado perfeccionista, demasiado terca, demasiado orgullosa, demasiado realista, demasiado sensible, demasiado romántica y, quizá, demasiado expresiva.
13. El día más feliz de mi vida lo viví cuando tenía alrededor de 10 años. Tuve que recitar un poema delante de un montón de personas y, aunque la poesía (la cual, por cierto, todavía recuerdo) no tuviese nada de bonita, me sentí bien. Sentí que no me importaba pasar el resto de mi vida recitando poemas para todas esas personas, o simplemente para mí. Y los aplausos me sirvieron para acelerar.
14. Cuando empecé a tener uso de razón me di cuenta de que nací para ser periodista. La idea de hacer reportajes de investigación o de lanzarme a la calle micro en mano acompañada por una cámara me vuelve loca.
15. Detesto con todo mi ser esperar, los prejuicios, la idea de que la justicia no existe, sentirme perdida o ser incapaz de pedir perdón.
16. No creo en Dios, tampoco en Alá, ni en Buda. No soporto las religiones, pienso que sólo engendran odio y guerra. Pero admiro, de verdad, a las personas que son capaces de creer. Siento una especie de fascinación por la gente que tiene esa fe absoluta. Me impresiona. Es tan... Humano. Es prácticamente conmovedor el hecho de que se piense que, pase lo que pase, hay una fuerza mística ahí arriba que nos va a acoger en sus brazos el día que muramos. No lo comparto en absoluto, porque la lógica y la razón me lo impiden, pero me gustaría poder tener esa confianza tan ciega en algo o alguien que no tengo certeza de que existe.
viernes, 5 de diciembre de 2008
Justo después del accidente
Raquel golpeaba las teclas de su piano. El instrumento, un Broadwood de 1891, apenas se sostenía en pie. Unos meses atrás, Raquel se había visto en la obligación de apilar un montón de libros y hacerlos servir como una de las patas del cordífono, pues su antigüedad estaba empezando a evidenciarse. Aquella tarde llovía, por lo que Raquel sentía más rabia en su interior. Cuanto mayor era el repiqueteo de las gotas al chocar contra el cristal de la ventana del salón, mayor era la intensidad con la que Raquel presionaba las teclas de su instrumento. Y lo acompañaba todo con lágrimas. Reccordaba que, cuando era pequeña y se hacía alguna herida, reñía con su madre porque ésta quería secarle las lágrimas, pero a ella le gustaba su sabor. Siempre pensó que el paso de las lágrimas sobre sus mejillas era como respirar una bocanada de aire puro, como librarse de un problema que la andaba persiguiendo una buena temporada o como una caricia dulce, aterciopelada. Pero, la mayoría de las veces que lloraba, los motivos que hacían aparecer a dichas lágrimas no eran tan agradables ni apacibles. Ni siquiera ella sabía qué canción tocaba. Cuando se sentía triste, o más bien furiosa, parecía que sus dedos desprendían las notas justas, adecuadas, y, así, iban tejiendo, poco a poco, sus sentimientos. Aquélla era una forma más de sentir para Raquel, la única en la que sólo ella tenía autoridad.
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