You wouldn't even remember my name if you would have ever met me.
martes, 29 de diciembre de 2009
sábado, 14 de noviembre de 2009
Ghosts
Las luces de Navidad están por todas partes y ya no quedan pájaros en las antenas de los bloques de pisos. Las calles del centro huelen a castañas, chimeneas e incienso. Los escaparates de las tiendas son orquestas de colores. Los niños pequeños empiezan a tener por costumbre quejarse porque tienen que llevar abrigos. Los relojes resuelven pasatiempos a medida que los árboles se desnudan.
¿Nosotros? Nosotros pedimos la abolición de los lunes, nosotros compramos el periódico para cambiar las noticias y para leer la programación televisiva. Y yo me pregunto si para poder amar hay que aprender francés y si existe algún mapa mundi a escala real que no tenga zonas de costa. A la madre de Amélie Poulain no le gustaban los atletas que señalan al cielo cuando ganan, a mí me sacan de quicio las personas que sobreviven gracias a los cuidados médicos que reciben en un hospital y sugieren un gris agradecimiento a Dios. Las jornadas con más horas de noche están conquistando los calendarios y no nos damos cuenta de que, en las regiones polares, los inviernos se prolongan seis meses y, durante dicho periodo de tiempo, no sale ni una vez el Sol. Cuando me preguntabas qué quería ser de mayor, te decía que me encantaría dibujar las instrucciones para montar los juguetes de los huevos Kinder y tú reías al son de los semáforos, bailando con luces: acelerabas. No sé si vamos a estar mucho más tiempo por aquí, no sabes si querremos quedarnos por más días. Ya llamaremos a un taxi.
No nos quedará nada cuando se nos contagie la tos en lugar de la risa. No nos quedará nada cuando no quede otro remedio que ponerse guantes. No nos quedará nada cuando caiga la nieve.
No sabremos nadar cuando vuelva el verano.
Invierno lo llaman... O amor. Ya no me acuerdo.
¿Nosotros? Nosotros pedimos la abolición de los lunes, nosotros compramos el periódico para cambiar las noticias y para leer la programación televisiva. Y yo me pregunto si para poder amar hay que aprender francés y si existe algún mapa mundi a escala real que no tenga zonas de costa. A la madre de Amélie Poulain no le gustaban los atletas que señalan al cielo cuando ganan, a mí me sacan de quicio las personas que sobreviven gracias a los cuidados médicos que reciben en un hospital y sugieren un gris agradecimiento a Dios. Las jornadas con más horas de noche están conquistando los calendarios y no nos damos cuenta de que, en las regiones polares, los inviernos se prolongan seis meses y, durante dicho periodo de tiempo, no sale ni una vez el Sol. Cuando me preguntabas qué quería ser de mayor, te decía que me encantaría dibujar las instrucciones para montar los juguetes de los huevos Kinder y tú reías al son de los semáforos, bailando con luces: acelerabas. No sé si vamos a estar mucho más tiempo por aquí, no sabes si querremos quedarnos por más días. Ya llamaremos a un taxi.
No nos quedará nada cuando se nos contagie la tos en lugar de la risa. No nos quedará nada cuando no quede otro remedio que ponerse guantes. No nos quedará nada cuando caiga la nieve.
No sabremos nadar cuando vuelva el verano.
Invierno lo llaman... O amor. Ya no me acuerdo.
lunes, 2 de noviembre de 2009
Hoy es domingo
Entra en la habitación. Corre las cortinas y sube la persiana. O al revés. No recuerdo el orden. La luz está en todas partes, ya. Y nos da igual si llueve o va a llover. Le miro. Me mira. Hago como que no le miro. Finge que no me ha visto hacer como que no le miro. Se tumba a mi lado en la cama. Se acerca. Me rodea la cintura con uno de sus brazos. Pasea uno de los dedos de su mano izquierda por mis labios. Me besa bajo la oreja, apartando un mechón de mi cabello con su nariz. Cada vez me cuesta más seguir con los ojos cerrados. Su voz se deshace en un susurro casi imperceptible que más bien parece un ronroneo. Podría pasar así el resto de mi vida, digo. Y si fuéramos infinitos, contesta. Somos infinitos, le confieso. Nuestro presupuesto asciende a querernos hasta que nos duela no habernos querido así antes, mucho antes siquiera de habernos conocido. A buscar en los mapas estrellados si hay ciudades que lleven nuestros nombres para pasar allí la eternidad, si hay mares por descubrir o constelaciones por inventar. Y descubrirlos e inventarlas. A no renunciar a nada, ni a los escombros del corazón o a las guerras de la memoria, tampoco a los buzones vacíos y los meses sin correspondencia, ni siquiera a ahogarnos en pulmones encharcados perdiendo la voz más, más y más con cada grito de socorro. A ir buscándonos, a tientas, en los parques de Nueva York donde los edificios se camuflan entre árboles y los árboles se camuflan entre edificios. Siempre, y viceversa. A ser conscientes de que yo no soy suya y él no es mío, pero nuestro amor es nuestro y hoy es domingo. Porque podemos hacer que siempre sea domingo. La vida, esto no es más que vida. La vida se nos gasta poco a poco. Y no nos queda nada excepto un blanco inmenso, un blanco de océano triste, y un adiós entumecido por el silencio. Y en medio del blanco, dibujamos barcos. Y no sabemos ya si están zarpando o vuelven a casa, pero lo llenamos todo de barcos y de puertos para darle sentido al adiós, sin darnos cuenta de que lo que hace que un adiós sea un adiós es que éste carezca de sentido. En mi boca, siento todavía sus dedos a pesar de que ahora tararean canciones sobre mi mejilla. Abro los ojos. Y me mira con ojos grandes, ojos de pasado y de ahora, ahora más que nunca, y me pregunto cuánto tiempo lleva mirándome.
viernes, 30 de octubre de 2009
Black hearts
Vull perdre'm en metàfores com els motors dels avions, els finals dels calendaris o els coets russos. Les emissores de ràdio del país ens contaran contes per a dormir-nos i les cadenes de televisió es quedaran en absolut silenci. Ets un sinònim més de gravetat i ni tan sols t'adónes. Ets el meu antònim i gairebé ni m'adono. Les portes. Les portes estan completament obertes i jo m'he perdut mentre buscava les claus. Si els divendres ja no tenen sentit i no podem ser infinits, llavors diguis què estem fent aquí. Digue'm què estem fent aquí i en quin moment deixem de preguntar-nos què estem fent aquí. I digue'm, també, quina hora és. I conta'm un acudit; necessito que em facis riure un cop més. Avui el periòdic deia que fa 13 mil milions d'anys que van néixer les estrelles. Uns científics ho han esbrinat analitzant el rastre que va deixar un astre gegant que va passar per la Terra fa sis mesos. Sembla increïble. Potser nosaltres només som estrelles que van passar per aquí fa 6 mesos, estrelles que van explotar fa 13 mil milions d'anys. Potser estem ja morts però la nostra lluentor segueix estant aquí, i no volen anar-se. No ho sé. I tinc la sensació que no vull saber-ho, perquè si llegeixo les notícies en anglès... Bé, potser m'agradaran més.
sábado, 24 de octubre de 2009
(sur)Vivre
Vivir es esperar porque las despedidas son mentiras piadosas. No hay tiendas donde vendan suerte. Caer puede no ser un error. Yo una tarde de otoño me enamoré en un autobús. No sé por qué ni de quién, pero en realidad eso nunca se sabe cuando uno se enamora. Él leía poesía. O eso parecía. Seguramente estaría dejándose llevar por los versos de algún poeta ruso, de esos que dicen que no todos podemos ser manzanas y que tras la muralla del cementerio ya no late ningún corazón. De repente me vi buscando adjetivos capaces de describir la revolución que sentí en mi corazón al ver cómo la luz del atardecer caía sobre él e inundaba todo su cabello, fabricando miles de colores diferentes. Colores que yo nunca antes había visto ni imaginado. Al final, decidí que los diccionarios no sirven cuando te enamoras. Y yo podría haber nadado en sus ojos, haberme hundido en su azul para después salir o no a flote. Podría haber inventado mapas, hecho trizas calendarios, dado sentido a todo este ruido. Pero me bajé en la siguiente parada. Y ahora escucho un leve ronroneo y todas mis canciones me dicen que soy una cobarde. No puedes quedarte aquí. Ahí afuera hay un mundo repleto de corazones que esperan ser conquistados, repleto de historias que están deseando ser contadas. Hay mentiras y verdades, hay golpes, caídas, pinceles, flores, nieve, globos, catástrofes, luz. Hay gente que hará que valga la pena vivir aunque sólo sea por un segundo, por un puto segundo que lo cambie todo. Porque estás vacía, o vacío, da igual. Y pensarás en la muerte, en si Dios existe, en qué ropa ponerte, en llamar o no, en qué quieres ser de mayor, en cuánto tiempo queda para llegar, en que no se ve ningún mar por la ventana, en las sábanas revueltas, los libros subrayados, el primer beso, en tu comida preferida, los aviones, las distancias, en cuánto cuesta, en el miedo, en las hojas secas, la torre Eiffel, por qué a mí, en los recuerdos, la tristeza, en que en esta calle nunca se encuentra aparcamiento, la vida, el olvido, el amor, el amor, el amor y en si te dará tiempo. Sin darte cuenta de que nunca, nunca, nunca nos da tiempo.
domingo, 30 de agosto de 2009
Simulacro
Las lágrimas se extienden como estelas de cohetes. Cuando no te tengo siento que a esta casa le falta el tejado. Y llueve. Sí, está lloviendo en Sevilla. 25 de julio. A penas puedo oír el sonido de la lluvia golpeando en la ventana, porque la música está demasiado alta. Siempre. Tu voz. He hecho un collage con retales de tu voz. Me dices que podemos llegar a la Luna con un barco de papel. Siente el silencio de tu corazón, la cobardía de tus pulmones. Si tienes frío, quédate aquí, justo aquí. No te muevas, no me dejes. Abrázame y haz que seamos uno, haz que olvide que existe amor en este mundo que no nos incluye a nosotros. Abre las alas. Podemos volar, basta con pensar que estamos en invierno, basta con saber que estamos en invierno. Déjame fingir en este simulacro, descubrir si tienes o no cosquillas, nadar entre tus sueños, hundir mi nariz en tu cabello. Mírame a los ojos como si pensaras que ahí están todos los porqués. No estés triste. Eres mi poeta preferido, ya lo he decidido. Las agujas de los relojes se empeñan en restar mientras los fuegos artificiales inventan colores para ti. Nos separan. O tratan de separarnos. Porque se rompe el horizonte en tus bolsillos. Me he perdido. Me he perdido entre tus mapas. Mis párpados disminuyen la velocidad. Y la estación está vacía, completamente vacía. Pero estás tú. No puedes morir si no has vivido realmente. Te enamorarás de mí. Sí, algún día te enamorarás de mí. Inventaremos canciones sin letra, de esas que abren las puertas de par en par. No te pediré que seas mi paraguas porque entenderé, al fin, que contigo no hacen falta. Te veré caer, me verás caer y pediremos perdón. Mil veces. Sin parar. No quiero parar. No puedo parar. Subiremos el volumen, el nivel del mar, las persianas, los ascensores. Todos los ascensores de cada uno de los edificios de oficinas de Nueva York. Descubriremos los porqués y descifraremos las metáforas. No me vas a regalar flores ni me sacarás a bailar y tampoco viviremos en una nube. Viviremos en un fotomatón. Y fotografiaremos el amor de mil formas distintas. Seremos inmortales. Nos salvaremos. Nos salvaremos aunque no sepamos muy bien de qué tenemos que ser salvados.
lunes, 3 de agosto de 2009
Memorándum
A veces me pregunto cuál debe de ser el momento que recordemos antes de morir. Justo en ese instante en que seamos conscientes de que, finalmente, hemos cumplido (o no) nuestro cometido en la vida, que se nos ha acabado el tiempo, ¿en qué pensaremos? ¿Qué será lo que rememoremos entonces? Y ¿cuáles son los patrones que establecen si un momento es digno de ser recordado precisamente antes de nuestra muerte? La verdad es que toda esta retórica no es más que una excusa (bastante ridícula y endeble, por cierto) para reconocer que he perdido la cuenta de las veces que he intentado convencerme de que pensaré en una de tus sonrisas. Bueno… en “una de tus sonrisas”, no. Pensaré en cualquiera de tus sonrisas. Tus sonrisas de colores, las de los domingos o las de los días de tormenta en verano, incluso tus sonrisas forzadas o aquellas que no tienen cabida en el ranking de las novecientas veinticinco mil doscientas setenta y tres sonrisas más bonitas que este mundo haya presenciado jamás. Pensaré en cualquiera de tus sonrisas porque son ellas las que suponen mi mayor motivo para sonreír. Intentaré poner nombre a todos y cada uno de los colores que aparezcan en esa última sonrisa. Y fracasaré. Sonará un piano, como tantas otras veces, y no llegaré a darme cuenta de que se trata del latir desordenado y desacompasado de nuestros corazones, como tantas otras veces. Y me preguntaré dónde estás, dónde estás y por qué tengo que imaginar cualquiera de tus sonrisas en lugar de presenciarla. Porque no puedo soportar la idea de que haya relojes que se atrevan a medir el tiempo que paso sin ti.
miércoles, 29 de julio de 2009
Ni siquiera sé si la quería o la quise
Ni siquiera sé si la quería o la quise. Recuerdo aquellas noches de verano en las que el calor me oxidaba el alma, cuando yo soñaba porque ella estaba allí. Única y exclusivamente porque ella estaba allí. Y me parecía un ángel. Sí, un ángel enviado del mismísimo cielo para cuidarme, para quererme, para taparme por las noches sin importar que fuese verano y que el calor me oxidase el alma. Y ni siquiera sé si la quería, la quiero o la quise. Sólo sé que la importancia de las formas verbales tendría que ser mínima, como la de tantas otras cosas que destrozan la memoria desde dentro, protagonizando una especie de golpe de Estado, y van desmantelando, poco a poco, nuestro pequeño gran mundo de mentira, o de mentiras; como la culpa.
No paraba de llover. Traté de mirar el reloj para saber cuánto tiempo hacía que las nubes, grises, habían engullido al Sol. Fui incapaz, porque no quise descubrir la hora y tener que recordarla para siempre. Pero lo peor de aquel día no era que lloviese en el sentido estricto de la palabra, sino que lloviera en mí. Se había marchado, no había vuelta atrás. Confieso que, mientras mi hermana apretaba mi mano con fuerza, cerré los ojos con la absurda e inocente esperanza de volver atrás en el tiempo. Aparecer, de repente, en cualquier reunión familiar del verano del 97. Ver a Brigitte, la gata persa de la abuela, pasearse por el porche del chalet como si se creyese motivo principal de una reunión de fotógrafos en el Paseo de la Fama de Hollywood; descubrir a Héctor y a Samuel pelearse por si el último gol había entrado o no en fuera de juego; escuchar a mi hermana Helena discutir sobre política con el tío Adam; quedarme atónita al descubrir a mamá pintarse las uñas de color rosa; enseñar a la prima María a saltar a la comba, logrando únicamente que se hiciera daño; intentar robar al abuelo mi fruta preferida de los melocotonares que tenía plantados justo al final del campo; cegarme con la luz que había por todas partes. Pero, sobre todo, recordé a papá, que nos decía que nos quería con una botella de alcohol en la mano. Mi madre solía maldecirle y pedirle que se marchara. Lo que ella no sabía era que terminaría haciéndole caso. Se iría, sí. No tardaría en marcharse. Y yo no entendería nada.
Cuando supe que mamá había muerto fui consciente de que nada podría hacerla callar. Ni a ella ni a mi padre. Cerré los ojos hasta quedarme totalmente a oscuras, tan fuerte que creí que los párpados se me iban a romper en mil pedazos y que, después, tendría que recomponerlo todo yo misma, como si se tratase de un rompecabezas. Respiré. Respiré con la sensación de que me faltaba el aire a cuestas. Una vez leí en un sobrecito de azúcar para el café que las lágrimas más amargas vertidas sobre una tumba son las palabras nunca dichas y las acciones jamás realizadas. Supongo que me empeñaba en mirar hacia atrás porque me sentía incapaz de pensar en lo que se me avecinaba.
Una vez hubo terminado el funeral, me quedé al lado de la lápida de mamá. Ana Sorolla González. 21.04.1961– 30.01.2006. Tenía 45 años. 45 años. Era la persona que mas me había hecho reír, indiscutiblemente. Y ya no estaba. Ya no iba a estar. Nunca más. Cuando recibí la llamada de mi tío, que me anunció que mi madre había tenido un accidente de coche y había muerto en el momento, sentí que me arrebataban un trozo de vida. Fue como si un grupo de ladrones entrase violentamente en mi corazón y se apoderase de toda la vida que ella podía haberme regalado, como si un estudiante se encargase de subrayar con un rotulador amarillo todos y cada uno de los momentos que pasé con ella. Para que doliese más. No me la podía sacar de la cabeza. Y por las noches, durante una larga temporada, me mentía a mí misma, me aseguraba en voz baja, muy baja, que mamá no estaba muerta. No, qué va, mamá ha ido a por tabaco al bar de Manuel y se está retrasando porque se ha puesto a hablar con la señora de la ONCE a la que siempre le compra los boletos de la lotería. Mamá ha ido a por tabaco y se está retrasando, se está retrasando demasiado y cuando vuelva le voy a tener que regañar, porque no está bien que me dé estos sustos. Y encima se ha dejado el móvil aquí, que se está cargando la batería, y no puedo llamarla para decirle que me estoy volviendo loca y que si no viene ya me dará absolutamente igual que nunca hayamos ganado la lotería a pesar de que cada viernes le compramos un boleto a la señora con la que ya lleva cerca de dos meses hablando desde que se fue a comprar tabaco al bar de Manuel.
Durante mucho tiempo, seguí esperando que mi madre apareciera en casa y se quejase de que todo estaba hecho un desastre. No fui capaz de borrar su número de teléfono de la agenda ni de creer en ese Cielo donde todos me decían que ella estaría mejor. Y tuve, o tengo, la horrible sensación de no haberle podido mostrar cuánto la quería. Y pienso en todas las cosas que debí decirle o hacer con ella y no hice. Pero ya no importa. Ya no importa nada, porque mamá sólo será un recuerdo más al que acuda la próxima Navidad que sienta que me estoy muriendo por dentro.
No se me ocurrió pensar en mi padre. Cuando mi tío Adam me llamó para decirme que mi madre había muerto, ni siquiera me acordé de él. Porque papá se marchó de casa cuando yo tenía 10 años. Yo siempre me pregunté por qué se fue. ¿Por qué lo dejó todo? ¿O es que no lo éramos todo para él? ¿Por qué no luchaste, eh, papá? ¿Era tan difícil decir que no te ibas a rendir? ¿Por qué fuiste tan cabrón? ¿Acaso no había otra forma de hacer las cosas? Porque si no se te daba bien hacer de paraguas podrías haberlo dicho y Helena y yo te habríamos enseñado. O lo habríamos intentado. Y lo peor de todo es que nunca me atreveré a preguntarle porqué se marchó y él jamás lo confesará, porque para ambos sería como admitir una derrota. Y no somos más que gobiernos capitalistas que quieren reivindicar su hegemonía. Crecí sin él. Fue mamá la que se encargó de curar las heridas del desamor adolescente, la que me dio ánimos cuando pronuncié un no puedo, la que creyó en mí incluso más que en sí misma. Fue mamá el motor de la vida en el 2ºB de la casa número 45 de la calle Carlos III. Y papá era innombrable. Mencionarle significaba un par de bofetadas no sólo para mamá, sino también para la persona que lo mencionase y la que tuviera la suerte de escuchar. Porque lo único que quedaba en esa casa de papá era su ausencia. Y a todas nos hacía un poco miserables. Guardábamos su nombre escondido en una caja cerrada con llave, lanzamos la llave al mar. Yo a menudo pensaba que esconder un cadáver habría sido menos tortuoso, mucho más fácil. Porque de vez en cuando te inundaban unas ganas tremendas de jugar a fútbol con él, por mucho que tú fueses más de baloncesto; de vez en cuando soñabas que te llamaba “princesa” y sólo una hija sabe lo que significa para ella que el rey la llame princesa; de vez en cuando deseabas que estuviera allí, aquí o tres metros más hacia el sur, sólo para poder verle y reírte de él porque se ha cortado afeitándose la barba y si ya lleva cerca de 30 años afeitándose, podría ir aprendiendo a hacerlo en condiciones; de vez en cuando te daba por pensar que habrías matado por recordar el sabor de sus tortillas de patatas; de vez en cuando se te encogía el corazón tras centrifugarlo con lágrimas, lágrimas y más lágrimas. De vez en cuando. Quizá no tan de vez en cuando, sino más con frecuencia. Pero volvió. Volvió porque la caja donde escondimos su nombre debía de estar rota, tener algún rasguño por el que se escapó su esencia. Y porque el ser humano necesita ser perdonado para poder vivir en paz consigo mismo, o para cualquier otra cosa, pero necesita ser perdonado.
Ahora mamá sonríe. Está junto a papá. Lo mejor de las fotografías es que nunca cambian, por muchas metamorfosis que sufra la gente que aparece en ellas. Mirando aquella foto recordé el funeral, recordé las palabras de mi padre. “Perdóname, hija”, dijo. No me llamó princesa. Supongo que no tenía derecho a llamarme así, pero tampoco tenía derecho a llamarme hija, y lo hizo. Y no tenía derecho a pedirme perdón, y lo hizo. Me pregunté por qué unas veces pedir perdón tiene tan poco valor y otras veces significa tanto, quizá demasiado. Nadie me entendería. Si le dijese a alguien lo que tenía pensado hacer, nadie me entendería, tampoco compartiría mi plan ni lo apoyaría. Pero estamos solos. Estamos miserable y tristemente solos en este mundo. Nos enamoramos, nos peleamos, adiós, mamá, me voy de casa, adiós, la distancia se me está clavando en los pulmones, adiós, descanse en paz, por siempre jamás, adiós, prefiero no volver a verte más, adiós, simplemente no se me ocurrió descolgar el teléfono, adiós, adiós, adiós. La vida no es más que una estación de tren donde priman las despedidas sobre los reencuentros. Y todas esas tonterías de que existimos mientras alguien nos recuerda no son más que una triste excusa para que podamos aferrarnos al mundo, a este puto mundo que nos encadena tejiendo sentimientos, emociones y mentiras. Porque nos mentimos a nosotros mismos más que a cualquier otra persona. Por eso nadie me entendería si dijese lo que tenía pensado hacer, ni siquiera yo.
Aunque, por suerte, yo no estaba tan sola. Al final del túnel que atravesaba, brillaba una luz. Una luz que se llamaba David, medía 1’92 y me sonreía a todas horas. Y a mí me gustaba lo que hacía. Sí, es eso, justo eso. Me gustaba el color de sus calles, la constelación de sus lunares, la vida reflejada en sus ventanas. Me gustaban incluso los desbordamientos de sus ojos. Me volvía loca con el sabor a oxígeno de sus manos o la velocidad de sus pestañas. Me fascinaba su forma de buscar la música, la electricidad que desprendía, el sonido de su respiración. Pero yo siempre andaba de puntillas porque no me buscaba. Sólo quería despertarme para imaginarle, perdido entre risas, en algún rincón de mi cama. O nuestra cama. Y siempre quise usar sus rizos como tobogán, pero era y soy nada más que una cobarde que se esconde entre metáforas.
David entró en mi habitación sin llamar y me descubrió abrazada a aquel retrato de mis padres:
- ¿Otra vez estás así? -se sentó sobre mi cama.
- ¿Qué hago? Me ha pedido que le perdone. Mi hermana todavía no puede creérselo. Se ha vuelto loca. Dice que Dios ha tenido que enviarnos a papá de nuevo para pagarnos de alguna manera por la muerte de mamá, o algo así. Ha insistido en que perdonar nos hace libres, al perdonar nos perdonamos un poco a nosotros mismos, perdonar es el valor de los valientes... En fin, ya sabes, siempre la misma mierda. Y yo me voy a volver loca, David. Y sé que si no le perdono no me voy a sentir bien.
- No perdonamos para sentirnos bien.
- Entonces, ¿por qué perdonamos?
- Perdonamos porque somos personas. O idiotas, que es prácticamente lo mismo. Perdonamos porque necesitamos sentir que tenemos algún tipo de manejo sobre nuestras vidas, sentir que no todo es casualidad o destino. Perdonamos porque nos dan buenos motivos para que lo hagamos, porque somos débiles, porque no nos queda otra. Perdonamos porque creemos que es la única forma de seguir adelante teniendo una excusa para mirar atrás. Perdonamos porque es la mejor forma de demostrarnos que podemos cambiar las cosas, o que así queremos creerlo.
- Eso significa que no hay perdón realmente cierto, ¿no?
- Y que le vas a perdonar.
- Y que voy a intentar perdonarle.
No paraba de llover. Traté de mirar el reloj para saber cuánto tiempo hacía que las nubes, grises, habían engullido al Sol. Fui incapaz, porque no quise descubrir la hora y tener que recordarla para siempre. Pero lo peor de aquel día no era que lloviese en el sentido estricto de la palabra, sino que lloviera en mí. Se había marchado, no había vuelta atrás. Confieso que, mientras mi hermana apretaba mi mano con fuerza, cerré los ojos con la absurda e inocente esperanza de volver atrás en el tiempo. Aparecer, de repente, en cualquier reunión familiar del verano del 97. Ver a Brigitte, la gata persa de la abuela, pasearse por el porche del chalet como si se creyese motivo principal de una reunión de fotógrafos en el Paseo de la Fama de Hollywood; descubrir a Héctor y a Samuel pelearse por si el último gol había entrado o no en fuera de juego; escuchar a mi hermana Helena discutir sobre política con el tío Adam; quedarme atónita al descubrir a mamá pintarse las uñas de color rosa; enseñar a la prima María a saltar a la comba, logrando únicamente que se hiciera daño; intentar robar al abuelo mi fruta preferida de los melocotonares que tenía plantados justo al final del campo; cegarme con la luz que había por todas partes. Pero, sobre todo, recordé a papá, que nos decía que nos quería con una botella de alcohol en la mano. Mi madre solía maldecirle y pedirle que se marchara. Lo que ella no sabía era que terminaría haciéndole caso. Se iría, sí. No tardaría en marcharse. Y yo no entendería nada.
Cuando supe que mamá había muerto fui consciente de que nada podría hacerla callar. Ni a ella ni a mi padre. Cerré los ojos hasta quedarme totalmente a oscuras, tan fuerte que creí que los párpados se me iban a romper en mil pedazos y que, después, tendría que recomponerlo todo yo misma, como si se tratase de un rompecabezas. Respiré. Respiré con la sensación de que me faltaba el aire a cuestas. Una vez leí en un sobrecito de azúcar para el café que las lágrimas más amargas vertidas sobre una tumba son las palabras nunca dichas y las acciones jamás realizadas. Supongo que me empeñaba en mirar hacia atrás porque me sentía incapaz de pensar en lo que se me avecinaba.
Una vez hubo terminado el funeral, me quedé al lado de la lápida de mamá. Ana Sorolla González. 21.04.1961– 30.01.2006. Tenía 45 años. 45 años. Era la persona que mas me había hecho reír, indiscutiblemente. Y ya no estaba. Ya no iba a estar. Nunca más. Cuando recibí la llamada de mi tío, que me anunció que mi madre había tenido un accidente de coche y había muerto en el momento, sentí que me arrebataban un trozo de vida. Fue como si un grupo de ladrones entrase violentamente en mi corazón y se apoderase de toda la vida que ella podía haberme regalado, como si un estudiante se encargase de subrayar con un rotulador amarillo todos y cada uno de los momentos que pasé con ella. Para que doliese más. No me la podía sacar de la cabeza. Y por las noches, durante una larga temporada, me mentía a mí misma, me aseguraba en voz baja, muy baja, que mamá no estaba muerta. No, qué va, mamá ha ido a por tabaco al bar de Manuel y se está retrasando porque se ha puesto a hablar con la señora de la ONCE a la que siempre le compra los boletos de la lotería. Mamá ha ido a por tabaco y se está retrasando, se está retrasando demasiado y cuando vuelva le voy a tener que regañar, porque no está bien que me dé estos sustos. Y encima se ha dejado el móvil aquí, que se está cargando la batería, y no puedo llamarla para decirle que me estoy volviendo loca y que si no viene ya me dará absolutamente igual que nunca hayamos ganado la lotería a pesar de que cada viernes le compramos un boleto a la señora con la que ya lleva cerca de dos meses hablando desde que se fue a comprar tabaco al bar de Manuel.
Durante mucho tiempo, seguí esperando que mi madre apareciera en casa y se quejase de que todo estaba hecho un desastre. No fui capaz de borrar su número de teléfono de la agenda ni de creer en ese Cielo donde todos me decían que ella estaría mejor. Y tuve, o tengo, la horrible sensación de no haberle podido mostrar cuánto la quería. Y pienso en todas las cosas que debí decirle o hacer con ella y no hice. Pero ya no importa. Ya no importa nada, porque mamá sólo será un recuerdo más al que acuda la próxima Navidad que sienta que me estoy muriendo por dentro.
No se me ocurrió pensar en mi padre. Cuando mi tío Adam me llamó para decirme que mi madre había muerto, ni siquiera me acordé de él. Porque papá se marchó de casa cuando yo tenía 10 años. Yo siempre me pregunté por qué se fue. ¿Por qué lo dejó todo? ¿O es que no lo éramos todo para él? ¿Por qué no luchaste, eh, papá? ¿Era tan difícil decir que no te ibas a rendir? ¿Por qué fuiste tan cabrón? ¿Acaso no había otra forma de hacer las cosas? Porque si no se te daba bien hacer de paraguas podrías haberlo dicho y Helena y yo te habríamos enseñado. O lo habríamos intentado. Y lo peor de todo es que nunca me atreveré a preguntarle porqué se marchó y él jamás lo confesará, porque para ambos sería como admitir una derrota. Y no somos más que gobiernos capitalistas que quieren reivindicar su hegemonía. Crecí sin él. Fue mamá la que se encargó de curar las heridas del desamor adolescente, la que me dio ánimos cuando pronuncié un no puedo, la que creyó en mí incluso más que en sí misma. Fue mamá el motor de la vida en el 2ºB de la casa número 45 de la calle Carlos III. Y papá era innombrable. Mencionarle significaba un par de bofetadas no sólo para mamá, sino también para la persona que lo mencionase y la que tuviera la suerte de escuchar. Porque lo único que quedaba en esa casa de papá era su ausencia. Y a todas nos hacía un poco miserables. Guardábamos su nombre escondido en una caja cerrada con llave, lanzamos la llave al mar. Yo a menudo pensaba que esconder un cadáver habría sido menos tortuoso, mucho más fácil. Porque de vez en cuando te inundaban unas ganas tremendas de jugar a fútbol con él, por mucho que tú fueses más de baloncesto; de vez en cuando soñabas que te llamaba “princesa” y sólo una hija sabe lo que significa para ella que el rey la llame princesa; de vez en cuando deseabas que estuviera allí, aquí o tres metros más hacia el sur, sólo para poder verle y reírte de él porque se ha cortado afeitándose la barba y si ya lleva cerca de 30 años afeitándose, podría ir aprendiendo a hacerlo en condiciones; de vez en cuando te daba por pensar que habrías matado por recordar el sabor de sus tortillas de patatas; de vez en cuando se te encogía el corazón tras centrifugarlo con lágrimas, lágrimas y más lágrimas. De vez en cuando. Quizá no tan de vez en cuando, sino más con frecuencia. Pero volvió. Volvió porque la caja donde escondimos su nombre debía de estar rota, tener algún rasguño por el que se escapó su esencia. Y porque el ser humano necesita ser perdonado para poder vivir en paz consigo mismo, o para cualquier otra cosa, pero necesita ser perdonado.
Ahora mamá sonríe. Está junto a papá. Lo mejor de las fotografías es que nunca cambian, por muchas metamorfosis que sufra la gente que aparece en ellas. Mirando aquella foto recordé el funeral, recordé las palabras de mi padre. “Perdóname, hija”, dijo. No me llamó princesa. Supongo que no tenía derecho a llamarme así, pero tampoco tenía derecho a llamarme hija, y lo hizo. Y no tenía derecho a pedirme perdón, y lo hizo. Me pregunté por qué unas veces pedir perdón tiene tan poco valor y otras veces significa tanto, quizá demasiado. Nadie me entendería. Si le dijese a alguien lo que tenía pensado hacer, nadie me entendería, tampoco compartiría mi plan ni lo apoyaría. Pero estamos solos. Estamos miserable y tristemente solos en este mundo. Nos enamoramos, nos peleamos, adiós, mamá, me voy de casa, adiós, la distancia se me está clavando en los pulmones, adiós, descanse en paz, por siempre jamás, adiós, prefiero no volver a verte más, adiós, simplemente no se me ocurrió descolgar el teléfono, adiós, adiós, adiós. La vida no es más que una estación de tren donde priman las despedidas sobre los reencuentros. Y todas esas tonterías de que existimos mientras alguien nos recuerda no son más que una triste excusa para que podamos aferrarnos al mundo, a este puto mundo que nos encadena tejiendo sentimientos, emociones y mentiras. Porque nos mentimos a nosotros mismos más que a cualquier otra persona. Por eso nadie me entendería si dijese lo que tenía pensado hacer, ni siquiera yo.
Aunque, por suerte, yo no estaba tan sola. Al final del túnel que atravesaba, brillaba una luz. Una luz que se llamaba David, medía 1’92 y me sonreía a todas horas. Y a mí me gustaba lo que hacía. Sí, es eso, justo eso. Me gustaba el color de sus calles, la constelación de sus lunares, la vida reflejada en sus ventanas. Me gustaban incluso los desbordamientos de sus ojos. Me volvía loca con el sabor a oxígeno de sus manos o la velocidad de sus pestañas. Me fascinaba su forma de buscar la música, la electricidad que desprendía, el sonido de su respiración. Pero yo siempre andaba de puntillas porque no me buscaba. Sólo quería despertarme para imaginarle, perdido entre risas, en algún rincón de mi cama. O nuestra cama. Y siempre quise usar sus rizos como tobogán, pero era y soy nada más que una cobarde que se esconde entre metáforas.
David entró en mi habitación sin llamar y me descubrió abrazada a aquel retrato de mis padres:
- ¿Otra vez estás así? -se sentó sobre mi cama.
- ¿Qué hago? Me ha pedido que le perdone. Mi hermana todavía no puede creérselo. Se ha vuelto loca. Dice que Dios ha tenido que enviarnos a papá de nuevo para pagarnos de alguna manera por la muerte de mamá, o algo así. Ha insistido en que perdonar nos hace libres, al perdonar nos perdonamos un poco a nosotros mismos, perdonar es el valor de los valientes... En fin, ya sabes, siempre la misma mierda. Y yo me voy a volver loca, David. Y sé que si no le perdono no me voy a sentir bien.
- No perdonamos para sentirnos bien.
- Entonces, ¿por qué perdonamos?
- Perdonamos porque somos personas. O idiotas, que es prácticamente lo mismo. Perdonamos porque necesitamos sentir que tenemos algún tipo de manejo sobre nuestras vidas, sentir que no todo es casualidad o destino. Perdonamos porque nos dan buenos motivos para que lo hagamos, porque somos débiles, porque no nos queda otra. Perdonamos porque creemos que es la única forma de seguir adelante teniendo una excusa para mirar atrás. Perdonamos porque es la mejor forma de demostrarnos que podemos cambiar las cosas, o que así queremos creerlo.
- Eso significa que no hay perdón realmente cierto, ¿no?
- Y que le vas a perdonar.
- Y que voy a intentar perdonarle.
viernes, 3 de abril de 2009
Voldran posar-li nom
Te conocí en una de esas zonas a las que van los niños que se pierden en los centros comerciales. Fue en invierno, en uno de esos inviernos en los cuales necesitas el frío para saber que sigues viva, que puedes sentir. Yo había perdido de vista a mis padres porque me empeñé en salir corriendo detrás de uno de esos globos con eslóganes publicitarios que se regalaban entonces y que ahora ya no da nadie porque todos vemos la televisión y, además, estamos en crisis. Tú te despistaste porque quisiste seguir a una de esas chicas que van por las grandes superficies en patines. Me dijiste que solías ver campeonatos de patinaje sobre hielo con tu abuela, que de joven fue patinadora, y que te fascinó que aquella chica pudiera deslizarse sobre el mármol del centro comercial. Aún así, debo reconocer que yo siempre he pensado que quizá sólo intentabas ver lo que había debajo de su falda. Allí, puede que no aprendiese la definición de la palabra amor, pero siempre recordaré tus ojos, vestidos de miedo. Creo que, para ambos, los escasos 15 minutos que pasamos en el lugar de los niños perdidos fueron mucho mejores que toda una vida de Peter junto a Wendy.
Y desde entonces no he dejado de escribirte poemas y de mentirme diciéndome que los leerás. Mesa para dos en un cohete ruso, y me siento sola.
¿Sabes a qué me dedico? Ya no robo caramelos, ahora escribo guiones. Cuando sientes que tu vida es una puta mierda, lo mejor que puedes hacer es inventar otras. Y así fue como empecé con esto. Pero tengo un pequeño defecto de fábrica, y es que nunca termino nada de lo que empiezo, así que imagínate. Si escribiese una serie, tendrían que dejar de emitirla alegando falta de audiencia, porque yo jamás sabría cómo terminarla. Sólo he terminado un guión, pertenece a una de esas películas dramáticas en la que el que no acaba mal está muerto. La llamé Abril, no sé porqué. Y la escribí para todos aquellos que, como yo, siempre defendieron que si pintas el techo de una habitación de color azul, puede llegar a ser como el cielo. Trata mayormente de esperar, de que nos pasamos toda la vida esperando. Cuando somos niños no esperamos (porque somos felices), después esperamos a cumplir los 18 años, más tarde a terminar la carrera, luego a formar una familia y, por último, que la familia que formamos no nos abandone en un asilo. Realmente, es todo un punto a mi favor que en español no existan distinciones entre "hope" y "wait", o como en "espérer" y "attendre". Ahora voy de puerta en puerta, preguntando por alguien que esté interesado. Pero, no, nada.
Sé que tengo que pedir perdón más veces de la cuenta. Tengo un montón de fotos de tu sonrisa, y te lo digo porque una vez me confesaste que no sonreirías si no tuvieras la certeza de que existe alguien que quiere verte sonreír. Recuerdo que tocabas el piano mientras yo buscaba en el diccionario las palabras que leía en tus ojos. "Yo no corro para coger un autobús que no me lleve a ti", me dijiste en nuestra parada. Siempre recordaré esa frase. De hecho, pensé en incluirla en Abril, pero me convencí -tras discutir largo y tendido- de que ese momento era, o es, demasiado nuestro como para compartirlo con nadie más.
Yo me declaro incapaz de escoger una canción preferida mientras tú sigues buscando en el buzón los besos de alguien que nunca existió.
Y desde entonces no he dejado de escribirte poemas y de mentirme diciéndome que los leerás. Mesa para dos en un cohete ruso, y me siento sola.
¿Sabes a qué me dedico? Ya no robo caramelos, ahora escribo guiones. Cuando sientes que tu vida es una puta mierda, lo mejor que puedes hacer es inventar otras. Y así fue como empecé con esto. Pero tengo un pequeño defecto de fábrica, y es que nunca termino nada de lo que empiezo, así que imagínate. Si escribiese una serie, tendrían que dejar de emitirla alegando falta de audiencia, porque yo jamás sabría cómo terminarla. Sólo he terminado un guión, pertenece a una de esas películas dramáticas en la que el que no acaba mal está muerto. La llamé Abril, no sé porqué. Y la escribí para todos aquellos que, como yo, siempre defendieron que si pintas el techo de una habitación de color azul, puede llegar a ser como el cielo. Trata mayormente de esperar, de que nos pasamos toda la vida esperando. Cuando somos niños no esperamos (porque somos felices), después esperamos a cumplir los 18 años, más tarde a terminar la carrera, luego a formar una familia y, por último, que la familia que formamos no nos abandone en un asilo. Realmente, es todo un punto a mi favor que en español no existan distinciones entre "hope" y "wait", o como en "espérer" y "attendre". Ahora voy de puerta en puerta, preguntando por alguien que esté interesado. Pero, no, nada.
Sé que tengo que pedir perdón más veces de la cuenta. Tengo un montón de fotos de tu sonrisa, y te lo digo porque una vez me confesaste que no sonreirías si no tuvieras la certeza de que existe alguien que quiere verte sonreír. Recuerdo que tocabas el piano mientras yo buscaba en el diccionario las palabras que leía en tus ojos. "Yo no corro para coger un autobús que no me lleve a ti", me dijiste en nuestra parada. Siempre recordaré esa frase. De hecho, pensé en incluirla en Abril, pero me convencí -tras discutir largo y tendido- de que ese momento era, o es, demasiado nuestro como para compartirlo con nadie más.
Yo me declaro incapaz de escoger una canción preferida mientras tú sigues buscando en el buzón los besos de alguien que nunca existió.
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