lunes, 2 de noviembre de 2009

Hoy es domingo

Entra en la habitación. Corre las cortinas y sube la persiana. O al revés. No recuerdo el orden. La luz está en todas partes, ya. Y nos da igual si llueve o va a llover. Le miro. Me mira. Hago como que no le miro. Finge que no me ha visto hacer como que no le miro. Se tumba a mi lado en la cama. Se acerca. Me rodea la cintura con uno de sus brazos. Pasea uno de los dedos de su mano izquierda por mis labios. Me besa bajo la oreja, apartando un mechón de mi cabello con su nariz. Cada vez me cuesta más seguir con los ojos cerrados. Su voz se deshace en un susurro casi imperceptible que más bien parece un ronroneo. Podría pasar así el resto de mi vida, digo. Y si fuéramos infinitos, contesta. Somos infinitos, le confieso. Nuestro presupuesto asciende a querernos hasta que nos duela no habernos querido así antes, mucho antes siquiera de habernos conocido. A buscar en los mapas estrellados si hay ciudades que lleven nuestros nombres para pasar allí la eternidad, si hay mares por descubrir o constelaciones por inventar. Y descubrirlos e inventarlas. A no renunciar a nada, ni a los escombros del corazón o a las guerras de la memoria, tampoco a los buzones vacíos y los meses sin correspondencia, ni siquiera a ahogarnos en pulmones encharcados perdiendo la voz más, más y más con cada grito de socorro. A ir buscándonos, a tientas, en los parques de Nueva York donde los edificios se camuflan entre árboles y los árboles se camuflan entre edificios. Siempre, y viceversa. A ser conscientes de que yo no soy suya y él no es mío, pero nuestro amor es nuestro y hoy es domingo. Porque podemos hacer que siempre sea domingo. La vida, esto no es más que vida. La vida se nos gasta poco a poco. Y no nos queda nada excepto un blanco inmenso, un blanco de océano triste, y un adiós entumecido por el silencio. Y en medio del blanco, dibujamos barcos. Y no sabemos ya si están zarpando o vuelven a casa, pero lo llenamos todo de barcos y de puertos para darle sentido al adiós, sin darnos cuenta de que lo que hace que un adiós sea un adiós es que éste carezca de sentido. En mi boca, siento todavía sus dedos a pesar de que ahora tararean canciones sobre mi mejilla. Abro los ojos. Y me mira con ojos grandes, ojos de pasado y de ahora, ahora más que nunca, y me pregunto cuánto tiempo lleva mirándome.

2 comentarios:

ilusión dijo...

JO-DER. No puedo decir más a parte de que sabes con quién me he imaginado la escena, y la sonrisa que me has sacado :).
Tengo tantas ganas de que alguien me abrace con un brazo en un colchón.

S.- dijo...

/aquelinvierno!
Aquel invierno...