viernes, 5 de diciembre de 2008

Justo después del accidente

Raquel golpeaba las teclas de su piano. El instrumento, un Broadwood de 1891, apenas se sostenía en pie. Unos meses atrás, Raquel se había visto en la obligación de apilar un montón de libros y hacerlos servir como una de las patas del cordífono, pues su antigüedad estaba empezando a evidenciarse. Aquella tarde llovía, por lo que Raquel sentía más rabia en su interior. Cuanto mayor era el repiqueteo de las gotas al chocar contra el cristal de la ventana del salón, mayor era la intensidad con la que Raquel presionaba las teclas de su instrumento. Y lo acompañaba todo con lágrimas. Reccordaba que, cuando era pequeña y se hacía alguna herida, reñía con su madre porque ésta quería secarle las lágrimas, pero a ella le gustaba su sabor. Siempre pensó que el paso de las lágrimas sobre sus mejillas era como respirar una bocanada de aire puro, como librarse de un problema que la andaba persiguiendo una buena temporada o como una caricia dulce, aterciopelada. Pero, la mayoría de las veces que lloraba, los motivos que hacían aparecer a dichas lágrimas no eran tan agradables ni apacibles. Ni siquiera ella sabía qué canción tocaba. Cuando se sentía triste, o más bien furiosa, parecía que sus dedos desprendían las notas justas, adecuadas, y, así, iban tejiendo, poco a poco, sus sentimientos. Aquélla era una forma más de sentir para Raquel, la única en la que sólo ella tenía autoridad.

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