Con las cosas que nunca te dije se podría escribir un libro. Como portada, doce pestañas tuyas y un trébol de tantas hojas como seas capaz de imaginar. En el interior, vacío y más vacío. Frases en blanco, diálogos inacabados, purpurina. Las cosas que nunca te dije no existen. Jamás existirán. Catástrofe. Yo te hablaba con los ojos, tú no me mirabas. Tuve que enamorarme de un cobarde de mierda. No hay más días, ya no quedan. Te dije que las palabras no se prestan. Y tengo asumido que nunca me pondré contenta porque mi canción preferida suene de repente en la radio mientras voy a trabajar, que ya han derribado todos los castillos de arena que he intentado construir y que la Luna no tiene porqué ponerse llena a media noche, pero me niego a asimilar que en verano también debo tener las manos frías. Frente al espejo, otro misterio por resolver. Y un piano. Un piano que suena y se clava en mi corazón como si se disfrazase de rayo de Sol en cualquier amanecer. Un ladrón que roba promesas porque está encerrado entre cuatro paredes. Una disculpa ante un mal consejo. Y resistir el impulso de releer las cartas que no me enviaste, buscando palabras de tacto suave y tono azulado. Llega el cartero. Noto cómo se me acelera el corazón. Suena una pistola. Soy yo, en el suelo, y un océano de sangre. He perdido la cuenta de las veces que me has matado ya. Que me moriré de amor, coño, te lo he dicho mil veces. Y aparezco en otro planeta, quizá incluso una galaxia diferente. Con un pincel empiezo a tejer motivos para sonreír al primer desconocido que se cruce en mi camino. Tras obtener 2536 respuestas como resultado de mi búsqueda, me decido a intentarlo con un señor mayor de mirada perdida. Y se ríe. Otra risa más para mi colección. Veo que en mi dirección se acerca un chico despeinado. No querrá saber nada de mí, pienso, hoy no llevo demasiado escote. Ay, Dios mío, encima con ojos verdes.
- ¿Has sonreído al Señor Ibáñez? –tiene voz de doblador de películas.
- ¿Quién es el Señor Ibáñez?
- El hombre que acaba de pasar.
- Entonces, sí, le he sonreído.
- Ya… No le conoces, ¿no?
- Pues no.
- Su hija murió ayer. Tenía 21 años. De hecho, creo que va camino de la floristería para arreglar lo del funeral.
- ¿Y qué? –elevo mi ceja derecha y finjo que no me interesa.
- ¿Cómo que "¿Y qué?"? –él parece bastante interesado.
- Pues eso, que y qué. ¿Qué pasa? ¿No puedo sonreírle?
- Por supuesto que sí.
- ¿Entonces? No sé dónde quieres ir a parar...
- De haber sabido que su hija murió ayer, ¿le harbías sonreído?
- Sí. –con rotundidad.
- Lo suponía. –y se ríe.
- Oye, no me conoces de nada. No creo que tengas derecho a juzgarme.
- Lo he visto en tus labios.
- Espera, ¿sabes cómo son las personas al mirar sus labios? Estarás apuntado en la lista de superhéroes de cómic, ¿no?
- Qué va. Me dijeron que no podía entrar si no tenía una Lois Lane.
- Siempre puedes comprarte una muñeca hinchable. –vuelve a reír.
- No, gracias por la idea, pero no dan todo el cariño que uno espera.
- ¿Y un cactus?
- Mejor. Definitivamente, mejor. –aparecen hoyuelos en mis mejillas.
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)
1 comentario:
definitely maybe.
Publicar un comentario